OTRAS INQUISICIONES: Reforma Política: Restauración del partido casi único

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Por Pablo Cabañas Díaz

Arnaldo Córdova (1937–2014) fue uno de los intelectuales más lúcidos del México contemporáneo. En su ensayo “Lázaro Cárdenas: La institucionalización del liderazgo de masas” —publicado casi en silencio en el número de enero–junio de 2014 de la revista De Política, órgano de la Asociación Mexicana de Ciencia Política— advirtió que el presidencialismo en México no había sido superado, sino perfeccionado. No se trataba, escribió entonces, de una anomalía autoritaria ni de una herencia mal digerida del pasado, sino de una estructura histórica consolidada: un sistema concebido en el liberalismo del siglo XIX, ejercido sin pudor por Porfirio Díaz e institucionalizado en el siglo XX por Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

En aquel texto incómodo —hoy claramente profético—, Córdova sostuvo que la clase política se mueve sin memoria histórica, pero reproduce con una disciplina casi automática las mismas formas de dominación. En México cambian los partidos, las siglas y los relatos legitimadores, pero el núcleo del poder permanece intacto. A lo largo de la historia nacional no se buscó construir ciudadanía, sino administrar la obediencia; nunca se pretendió limitar o coartar al titular del Ejecutivo, sino dotarlo de nuevas formas de legitimidad.Leída desde esa advertencia, la llamada “transición democrática” aparece hoy como lo que realmente fue: un mito cuidadosamente elaborado para presentar la continuidad del régimen como un cambio histórico.

La alternancia del año 2000 no alteró la estructura del poder; la maquilló.El Estado permaneció intacto y el presidencialismo, protegido por nuevas capas de legalidad. La democracia fue reducida a procedimiento, a ritual electoral, a técnica sin conflicto. No hubo ruptura: hubo administración del disenso.

El IFE, y posteriormente el INE, no funcionaron como contrapesos reales, sino como instituciones de legitimación.Su tarea no fue democratizar al Estado, sino hacerlo presentable.La autonomía de esas instituciones electorales no limitó al presidencialismo; lo blindó. El árbitro no vigiló al poder; lo estabilizó.

Mientras se acumulaban reglas, se clausuraba cualquier discusión sobre la naturaleza misma del régimen. La obsesión procedimental sustituyó al debate político de fondo.José Woldenberg creyó que la acumulación de normas produciría, casi por inercia, una democracia; confundió el método con la sustancia.

El Estado no se transformó: aprendió a hablar el lenguaje de la pluralidad.Lorenzo Córdova Vianello llevó esa ilusión a su expresión más acabada: la neutralidad como dogma, el árbitro como autoridad moral. El INE terminó encarnando aquello que decía vigilar: una forma de poder sin control democrático efectivo, sostenida por el mito de su imparcialidad.

La Cuarta Transformación no rompió con ese pasado, sino lo reorganizó. Morena es la culminación histórica del presidencialismo mexicano.El Ejecutivo recuperó su centralidad; el Legislativo, su subordinación; y el Judicial emite decisiones que reflejan la voluntad de Palacio Nacional. La triada instrumentada por Porfirio Díaz y fortalecida por Plutarco Elías Calles sigue intacta frente al paso de los años.

Pablo Gómez Álvarez entendió algo que el discurso neoliberal se negó a reconocer durante décadas: el problema electoral no es técnico, sino histórico. El partido casi único no regresó porque nunca se fue; lo único que desaparece es la simulación. La reforma electoral impulsada desde el Ejecutivo no corrige excesos democráticos, sino que los vuelve innecesarios. No traiciona una transición: exhibe su carácter ficticio.

Córdova lo había advertido con claridad en La ideología de la Revolución Mexicana: el régimen puede reformarse indefinidamente sin democratizarse. La democracia, en ese esquema, no es un horizonte histórico, sino un lenguaje; no es un proyecto, sino un dispositivo de legitimación.

México no vive una regresión autoritaria porque nunca consolidó una democracia. Vive, más bien, el momento de sinceramiento de su forma histórica de poder. Morena no clausura una etapa democrática: confirma que tal etapa nunca existió.

El presidencialismo no fue derrotado por las urnas; aprendió a administrarlas.Y lo que hoy se presenta como voluntad popular no es más que la vieja razón de Estado, legitimada como siempre desde el centro del poder, que en estos tiempos es Palacio Nacional. En México, la democracia no ha sido un destino frustrado, sino un simulacro al servicio del poder.

 

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