OTRAS INQUISICIONES: Washington: La embajada del silencio

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Por Pablo Cabañas Díaz

La gestión de Esteban Moctezuma Barragán como embajador de México ante Estados Unidos quedará registrada como un ejercicio de discreción llevada al extremo, una prudencia que degeneró en repliegue político y que, en los hechos, se tradujo en ausencia. En una coyuntura marcada por el recrudecimiento de las tensiones bilaterales —aranceles, sanciones económicas, ofensivas fiscales y una política migratoria estadounidense cada vez más punitiva— la representación diplomática de México en Washington no logró articular una estrategia visible ni una defensa eficaz de los intereses nacionales. La embajada pareció operar en un segundo plano, como si el silencio pudiera sustituir a la acción y la cautela bastara frente a la hostilidad.

Washington no es una capital para el bajo perfil. Es el espacio donde se dirimen los equilibrios económicos, migratorios y geopolíticos que afectan de manera directa a México. Allí, el embajador no puede limitarse a administrar relaciones cordiales ni a reproducir comunicados optimistas. Sin embargo, bajo la conducción de Moctezuma, la embajada mexicana optó por una diplomacia de presencia mínima, más preocupada por no incomodar que por incidir. El resultado fue una representación que pasó inadvertida en los momentos decisivos, justo cuando la voz de México debía escucharse con mayor claridad.

El episodio del impuesto a las remesas condensa esta lógica. El 22 de mayo de 2025, tras la aprobación del paquete fiscal en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, el embajador celebró públicamente en redes sociales la reducción del gravamen a los envíos de dinero del 5 % al 3.5 %, calificándolo como una “buena noticia” y un “primer avance importante”. La declaración, lejos de tranquilizar, reveló una lectura conformista de una medida profundamente regresiva. Gravar las remesas no es una cuestión técnica ni un ajuste marginal: es una penalización directa al trabajo migrante y a la economía de subsistencia de millones de familias mexicanas. Celebrar la reducción del castigo no equivale a impedirlo; significa aceptar el marco impuesto por Washington.

Los datos económicos terminaron por desmentir cualquier intento de optimismo. Entre enero y noviembre de 2025, las remesas enviadas a México registraron una caída interanual superior al 5 %, según cifras del Banco de México. El descenso no fue un accidente estadístico, sino la expresión de un clima político adverso: mayor persecución migratoria, precarización laboral y una narrativa oficial en Estados Unidos que criminaliza al migrante. Pero también fue el reflejo de una diplomacia incapaz de anticipar riesgos, de articular alianzas o de presionar políticamente para frenar medidas lesivas.

A esta debilidad estructural se sumó el deterioro de la protección consular. Organizaciones de derechos humanos y colectivos de migrantes denunciaron reiteradamente la insuficiencia de recursos en los consulados mexicanos: falta de personal, carencia de abogados especializados, horarios restrictivos y una burocracia que obliga a los connacionales a peregrinar entre ventanillas sin acompañamiento efectivo. En las cortes migratorias, miles de mexicanos enfrentaron procesos de deportación prácticamente solos, mientras el Estado que debía protegerlos aparecía distante o ausente.

No se trata de fallas administrativas aisladas, sino de un problema político de fondo. La protección consular es uno de los ejes históricos de la política exterior mexicana y una de las razones centrales de la presencia diplomática en Estados Unidos. Cuando el embajador se percibe como ajeno a los problemas cotidianos de sus ciudadanos, la legitimidad del Estado se erosiona. La crítica ya no provino solo de analistas o periodistas, sino de familias que vieron a un hijo deportado sin defensa legal o a un trabajador perder ingresos sin respaldo institucional.

La pregunta, inevitable, permanece abierta: ¿para quién y para qué fue embajador Esteban Moctezuma? Su gestión se definió por un optimismo administrativo y un perfil bajo que, en la práctica, se confundieron con la falta de carácter político. En una capital donde la diplomacia se ejerce con presión constante, construcción de narrativas y capacidad de confrontación, México optó por la discreción excesiva.

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