ALGO PARA RECORDAR…

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Primavera del 72: Colonia, Amsterdam y París sin escalas / I

Luis Alberto García / CDMX

*Aventuras y desventuras de dos rufianes en Europa.
*Carta a un condiscípulo, compañero de escuela y de vida.
*Corre película, que empieza hace casi seis decenios.
*Los profes, las profas, los cuates y primeras andanzas.

Querido Rafael Serrano: ya eres Doctor -con mayúscula- del reino de España, y de tus apariciones en enero de 1968 en tu Mustang rojo modelo 65 en el estacionamiento de nuestra Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS), a la ceremonia del 16 de mayo de 2013 en la Universidad Complutense de Madrid han pasado 45 años, 4 meses y casi dos semanas.
Y debido a ese recuerdo es que, una vez más, hago uso de mi peligrosísima memoria, de esa cualidad de retentiva privilegiada que, por razones que no me explico y que asombra a propios y extraños, me ha permitido rescatar grandes momentos a tu lado y del resto de nuestro clan -me niego a llamarle mafia, pues mafiosos eran Al Capone, Lucky Luciano, Carlo Gambino y don Vito Corleone.
Históricamente, el grupo lo debía presidir el gran Kronos, el padre Tiempo que conmigo se ha pasado armando los días desde hace medio siglo, cuando nos conocimos -éramos unos chiquillos de quince años- en los tres patios del edificio colonial del Colegio San Ildefonso que albergó la Real y Pontificia Universidad desde su fundación en 1551.
De esos amigotes -también hechos a mano en la Ciudad Universitaria entre 1968 y 1972- universitarios químicamente puros, como ese Armandito y yo, difícilmente encontrarás.
En esta película corren imágenes de 1968 y los lustros siguientes, asimilando bien que mal las lecciones de don HGC, su hermano don Pablo, Enrique González Pedrero, Rubén Salazar Mayén, Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Arnaldo Córdova, Ricardo e Isabel Pozas -elenco docente irrepetible-, además de las clases de los jóvenes Miguel Ángel Granados Chapa y Froylán M. López Narváez, Hugo Gutiérrez Vega, Fausto Zapata, Gustavo Sáinz, Antonio Delhumeau, Julio del Río Reynaga, Silvia Molina, Lourdes Romero, Susana Hernández Reyna, Guillermina Baena Paz y otros buenos, regulares y malísimos profesores.
Han sido alegrías y decepciones, amores perdidos e ilusiones que tuvieron como escenarios el campus de CU, el valle del Mezquital en viajes memorables en el maltratado auto De Soto 1949 azul marino de mi madre hasta las comunidades otomíes que orientaba el padre Gabriel Anaya, tu casa de Echegaray y la mía en Guanajuato 27, en la colonia Roma.
Hasta allá llegabas deprimido, triste y preocupado cuando tu mamá te echaba a la calle porque eras “medio vago”, y ella, la gentil doña Alicia, en cambio, me definía como un “caballerito de salón”, en tanto mi mamá, doña Clemencia Aguirre, decía que eras mi “amigo el sabio”, y decía algo que me preocupaba y me conmovía: “Algo debías de aprenderle, porque éste sí sabe de todo”.
Ambas eran bastante latocitas; pero bien que nos querían y nos conocían, y gracias a doña Alicia que te recomendó con Miguel Ramírez Vázquez -dueño del equipo de futbol Necaxa y director de espectáculos el Gobierno del Distrito Federal-, te las empezaste a dar de inspector-censor de obras de teatro.
Luego hiciste de jefe de prensa de CBS, y en mi vigésimo primer cumpleaños, en 1969, por eso y por haber pasado con MB un examen, me diste de premio un exitosísimo LP de Roberto Carlos -lo sacaste de una caja de cartón que llevabas en la cajuela del Mustang-cuyas letras en portugués me aprendí y aún las canto, mal pero las canto.
Para enmendar tus calamidades y sufragar tus gastos caros, también te dedicaste a la venta de perros cocker dorados que criabas con tu hermano Juan José -aún no aparecía en su vida tu cuñada la Nauyaca- en Santiago Oxipaco, por Atizapán de Zaragoza, en una casita que era refugio ideal para darnos unas hilarantes petatizas nocturnas.
Para entretenerme, me pedías que te acompañara a registrar tus finos y delicados animalitos a la Asociación Canófila Mexicana de Zacatecas e Insurgentes, obtener su pedigree y quién sabe que otros certificados como el que le entregaste a Pepe Pagés Rebollar al venderle el Sengakuren (el caudillo), un inquieto ejemplar que acabó flaco y abandonado en la azotea de su casa de la avenida Polanco y Emerson 508.
Te lo compró a su vuelta de Japón, país que le inspiró Anoné, formidable libro de crónicas que, con los años, me sirvió como luz y guía para muchos de mis posteriores trabajos profesionales, como ocurrió con la influencia que recibí de los textos del viejito Fernando Benítez y los reportajes de Gabriel García Márquez, Luis Suárez, José Natividad Rosales, Rizsard Kapuschinski y Miguel Bonasso, quienes ayudaron a definir mi estilo desde entonces, dando paso a un siguiente episodios que nos marcó para siempre. (Continuará)

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