OTRAS INQUISICIONES: La Dama del Silencio: El Caso de la Mataviejitas

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Por Pablo Cabañas Díaz

El caso de la “Mataviejitas” no es solo una crónica de asesinatos seriales; es un retrato escalofriante de la doble vida y la falla institucional que permitió a una asesina serial operar impunemente en la Ciudad de México a principios del siglo XXI. El terror se camufló de ayuda social, y la violencia se vistió de mujer.

Desde 2003, una serie de crímenes con un modus operandi idéntico comenzaron a sembrar el pánico en las delegaciones Iztacalco, Venustiano Carranza y Cuauhtémoc. Las víctimas eran invariablemente mujeres mayores, de entre 60 y 89 años, que vivían solas, a menudo en condiciones de vulnerabilidad económica y social.

La asesina utilizaba un mismo engaño para acceder a los departamentos: se presentaba como una trabajadora social, una enfermera, o incluso una representante gubernamental que ofrecía pensiones o ayuda. Una vez dentro, la víctima era atacada, estrangulada –usualmente con medias, bufandas o un estetoscopio– y, en varios casos, el lugar era saqueado.

La entonces  Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) se centró inicialmente en un agresor masculino. Esta hipótesis errónea fue reforzada por la inusual fuerza utilizada para someter y estrangular a las víctimas, además de un historial de casos de homicidas varones. El perfil oficial era un hombre corpulento y fornido.

El 25 de enero de 2006, el macabro ciclo terminó. Juana Barraza Samperio, una mujer de 48 años, de complexión robusta y exluchadora de catch con el alias de “La Dama del Silencio”, cometió su último crimen en el departamento de Ana María de los Reyes Alfaro, de 82 años, en la Colonia Moctezuma.

El factor decisivo no fue la inteligencia policial, sino la alerta de un vecino. Un inquilino del edificio contiguo escuchó ruidos y forcejeos y, al asomarse, vio a una mujer saliendo apresuradamente del inmueble. El vecino persiguió a la mujer hasta que logró alertar a unos policías que patrullaban la zona.

Al ser detenida, se hizo evidente la impactante verdad. La “Mataviejitas” era mujer, rompiendo por completo los perfiles criminales iniciales. En su posesión se encontraron pertenencias de la víctima y un estetoscopio.

Durante el interrogatorio, Juana Barraza confesó haber cometido al menos cuatro de los diecisiete asesinatos que se le imputaban, aunque se le relacionó con más de 40 casos. Su perfil psicológico reveló un profundo resentimiento hacia las mujeres mayores, provocado por un trauma de la infancia: su madre, alcohólica, la había abusado y la había entregado a un hombre.

Los peritos señalaron que Barraza proyectaba la imagen de su madre en sus víctimas, lo que desencadenaba el impulso homicida, aunque el móvil final también incluía el robo, lo que la clasifica como una asesina serial de tipo “lucrativo-hedonista”.

En 2008, Juana Barraza Samperio fue condenada a 759 años de prisión, una de las sentencias más largas en la historia legal de México, aunque la ley penal del país establece un límite máximo de cumplimiento de 50 años.

El caso de la “Mataviejitas” es un sombrío recordatorio de cómo los prejuicios y la falta de protocolos de investigación adecuados pueden prolongar la operación de un depredador, dejando a una comunidad indefensa ante un peligro que se disfrazó de la persona menos esperada.

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