OTRAS INQUISICIONES: La Muerte Misteriosa de la Navidad de 1923

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Por Pablo Cabañas Díaz

En la Nochebuena de 1923, mientras la Ciudad de México se preparaba para celebrar la Navidad con villancicos y posadas, un suceso macabro sacudió la tranquilidad de la colonia Doctores. El escultor Raymundo Velasco, de 24 años, y su novia, Margarita Morfín, fueron encontrados muertos en el taller del artista, ubicado en la calle Rodríguez Puebla, frente a la Iglesia de Loreto. Este crimen, envuelto en un velo de misterio, se convirtió en uno de los casos más famosos y sin resolver de la historia criminal mexicana, un “epílogo sangriento” a la festividad, como lo describieron los periódicos de la época.

Raymundo Velasco era un joven talentoso, egresado de la Academia de San Carlos, donde había destacado en pintura y escultura. Sin embargo, su vida era precaria: se ganaba el sustento pintando santos para iglesias, retablos y carteles publicitarios. Su taller era un espacio bohemio, adornado con dibujos inspirados en artistas como Jorge Duhart y Ernesto García Cabral, junto a libros como “Ivanhoe” de Walter Scott y un poemario. Margarita Morfín, por su parte, era una prostituta con un historial de escándalos y arrestos previos. Su relación con Velasco era apasionada pero tumultuosa, marcada por celos y encuentros intensos, como lo revelaban notas en un cuaderno donde el nombre de Margarita aparecía repetidamente.

Los cuerpos fueron descubiertos la mañana del 26 de diciembre por la policía, alertada por un gendarme que notó manchas de sangre en el marco de la puerta. Al forzar la entrada, que estaba atrancada desde dentro con una piedra y lodo, encontraron una escena caótica: signos de una orgía reciente, con ropa desordenada, toallas y telas esparcidas. Velasco yacía sentado en el piso de una alcoba improvisada, con un sombrero puesto y una herida de bala en la sien derecha. Cerca de su pie derecho, un revólver español calibre .38 con cuatro cartuchos intactos y uno disparado. Margarita estaba tendida junto a la cama, con hasta dieciséis puñaladas en el cuerpo. Un puñal con mango de concha y hoja delgada, marcado “High Life”, yacía en un buró, ensangrentado y con la punta rota. Los cadáveres presentaban un avanzado estado de descomposición, indicando que el crimen había ocurrido al menos dos días antes, probablemente en la Nochebuena.

La investigación, liderada por el subcomisario Ramón Terrazas y el comisario Enrique Leyva, junto al oficial Antonio Montiel y médicos forenses, reveló detalles intrigantes. No había entradas forzadas visibles, y la puerta principal estaba bloqueada internamente. Sin embargo, huellas sangrientas de pies descalzos en el piso –mientras ambos víctimas estaban vestidos y calzados– sugerían la presencia de un tercero. Las hipótesis iniciales apuntaban a un crimen pasional: Velasco habría matado a Morfín en un arranque de celos y luego se suicidó. Pero las huellas y el escenario planteaban alternativas: ¿un intruso interrumpió un encuentro, mató a Morfín, huyó dejando marcas al limpiarse la sangre, y fue asesinado por Velasco, quien escenificó su propio suicidio? O bien, ¿el tercero mató a ambos y fingió el suicidio de Velasco?

El administrador del edificio, Francisco Sánchez, identificó a las víctimas, y vecinos confirmaron el timeline basado en el olor a descomposición. A pesar de las especulaciones sensacionalistas en la prensa, que comparaban el caso con otros misterios no resueltos como el de los esposos Gagel en la Calle de Capuchinos, no se identificaron sospechosos ni se realizaron arrestos. El crimen quedó impune, reflejando la ineficacia policial de la era posrevolucionaria en México.

Este suceso no solo conmocionó a la sociedad mexicana de los años 20, sino que se erigió como un símbolo de los crímenes navideños inexplicables. En un periodo de violencia post-Revolución, el asesinato de Velasco y Morfín resaltaba la fragilidad de la vida cotidiana, incluso en fechas de paz y celebración. Hoy, un siglo después, el caso persiste en la memoria colectiva como un enigma sin resolver, un recordatorio de que la Navidad, para algunos, termina en tragedia.

 

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