Otras Inquisiciones: El México de mis recuerdos, de Guillermo Prieto

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Por Pablo Cabañas Díaz

En un país donde la memoria suele confundirse con el mito, regresar a “El México de mis recuerdos”, de Guillermo Prieto es un acto de restitución. Publicado póstumamente en 1906 por la Tipografía Económica de México, este libro fue el resultado de un proceso lento y casi artesanal: los editores reunieron textos dispersos —artículos, crónicas y memorias que Prieto había escrito entre las décadas de 1870 y 1890— para reconstruir la autobiografía intelectual de uno de los testigos más lúcidos del siglo XIX mexicano. Lo que nació como fragmento periodístico se convirtió, con el tiempo, en una de las grandes elegías de la nación.

 

Prieto, poeta civil, liberal militante y cronista de su época, escribe desde la frontera incierta entre el recuerdo y la historia. En sus páginas no hay nostalgia pasiva, sino una mirada que busca comprender el sentido moral de un país en transformación. La Ciudad de México que evoca —con sus pregoneros, sus tertulias, sus estudiantes de San Ildefonso, sus procesiones y cafés— emerge como un organismo vivo, contradictorio, vibrante. Su prosa oscila entre la emoción lírica y la observación sociológica, logrando un retrato coral del México anterior a la Reforma.

 

Leído con atención, “El México de mis recuerdos”, no es un simple memorial costumbrista: es una forma de autobiografía nacional. Prieto inventa, sin proponérselo, una estructura narrativa moderna: mezcla de diario íntimo, ensayo político y crónica urbana. Su escritura anticipa el tono ensayístico de Alfonso Reyes y la ironía urbana de Carlos Monsiváis, aunque sin el desencanto posterior.

 

Hay en Prieto una fe obstinada en el poder regenerador de la palabra y en la posibilidad de la República como obra colectiva.El hecho de que la obra apareciera después de su muerte dota al texto de una resonancia especial: parece una despedida escrita al oído de la historia. El México que Prieto recuerda es, en parte, un país perdido, pero también un llamado a mantener viva la memoria de sus valores fundacionales. En ese sentido, el libro es tanto una elegía como una advertencia: sin memoria moral, la nación corre el riesgo de repetirse sin aprender.

 

A más de un siglo de su publicación, El México de mis recuerdos conserva una vigencia sorprendente. Las tensiones que Prieto observaba —la desigualdad, la corrupción, la distancia entre el ideal republicano y la práctica del poder— siguen resonando con fuerza en la vida pública contemporánea. Su lectura no sólo ilumina el pasado; también revela las zonas de sombra que aún nos acompañan.

 

La prosa de Prieto —fluida, conversacional, intensamente humana— se sostiene como una de las grandes expresiones del liberalismo mexicano. Leerlo hoy es recordar que la literatura no sólo registra lo vivido, sino que intenta corregirlo. El México de mis recuerdos no pertenece únicamente al siglo XIX: pertenece a ese territorio más amplio donde un país, a fuerza de evocarse, trata de reconocerse.

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