OTRAS INQUISICIONES: Polo Duarte: el santo de las letras perdidas

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Pablo Cabañas Díaz

En un rincón  de la avenida Hidalgo, mucho antes de que las librerías fueran suplantadas por cafeterías hipsters con wifi  y estanterías de adorno, existía un refugio donde los libros no se vendían: se defendían. Se llamaba Libros Escogidos, pero todos la conocían como la librería de Polo Duarte. No tenía logo, ni redes, ni descuentos. Tenía algo mejor: a Polo, un tipo seco, parco y casi místico, que operaba ese sótano de papel como si fuera un club secreto de conspiradores literarios.

Leopoldo Duarte hijo —Polo, para los amigos, los fantasmas y los sobrevivientes— era algo así como el Dr House de los libreros. No hacía alarde, no sonreía, no vendía. Si entrabas buscando una novelita rosa de Barbara Cartland o un libro escolar, el tipo ni siquiera te miraba. Apenas mascullaba, con la voz de quien ha leído más de lo que ha hablado: “Aquí no hay de eso”. Y era en serio.

Pero si lo que buscabas era algo raro, antiguo o directamente inencontrable —una edición chilena de El obsceno pájaro de la noche de Donoso, un La ciudad y los perros con ilustraciones censuradas en los años 60, un Poeta en Nueva York en papel biblia y tipografía gótica—, Polo desaparecía hacia la trastienda como si bajara al inframundo. Y muchas veces volvía con la joya en la mano, como si la hubiera robado del infierno. A mí me consiguió cosas que creía extintas: la edición de 1973 de La cola del lagarto de Salvador Elizondo, un ejemplar autografiado de Papeles de Pandora de Rosario Castellanos, y un extraño volumen de Visión de Anáhuac de Reyes con anotaciones al margen en tinta violeta. Reliquias.

Todos los sábados, sin falta, los tertuliosos —poetas de medio pelo, novelistas de culto, ensayistas con cruda de varios días de borracheras, algún torero retirado y uno que otro loco sin obra— caíamos a Libros Escogidos. A veces no se decía ni una palabra: solo se escuchaban las páginas pasar, el rumor de los autos en la Alameda, y algún disco viejo sonando en un radiecito que siempre tenía polvo.

Polo no era un comerciante. Era el dealer del alma impresa. Si estabas en quiebra -algo común entre los parroquianos-, le vendías tus libros con la certeza de que te los guardaría en una vitrina cerrada, como un banco emocional sin intereses ni usura. A veces financiaba ediciones imposibles:, unos poemas mecanografiados de Guillermo Rousset. Todo eso amarilleaba en una vitrina que era mitad altar, mitad sarcófago.

Polo nunca escribió una línea. No opinaba. No hacía alarde de su biblioteca mental. Pero era parte esencial de esa ópera coral que era la tertulia. Sin él, todo se caía. Era el bajista silencioso del grupo, el que sostenía el ritmo mientras otros desafinaban.

Y sí: esa librería murió. Primero fue la mudanza —de la Alameda Central a Santa María la Ribera, como si eso no fuera ya una señal del apocalipsis. Luego llegaron las piquetas, las excavadoras, y el grito de la modernidad: adiós libreros, hola edificios boutique. Hoy sería impensable: habría QR en la entrada, podcast con fondo y un par de influencers tomando fotos entre volúmenes polvorientos. Pero Polo era de otra era. De la era en que se leía por hambre y no por algoritmo.

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