ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco

  • EL PLAN QUE NUNCA DURMIÓ

Estados Unidos ya tenía guardado en la gaveta -desde hace más de 15 años- el plan maestro para poner fin al régimen de los ayatolás. Porque, claro, ¿para qué improvisar cuando puedes tener un guion escrito con años de anticipación?

Este documento estratégico de 2009, salido del Saban Center para la Política de Medio Oriente -una especie de club exclusivo donde las élites de Washington diseñan cómo mover sus piezas- plantea que Israel sea la punta de lanza para atacar a Irán, mientras Estados Unidos, siempre tan caballeroso, se queda en las sombras, asegurándose de que nadie note demasiado sus manos.

Hoy, ese guion parece estar en plena función, paso a paso, con la precisión de un reloj suizo…

El plan es simple: Israel se encargaría de encender la mecha, asumiendo el costo político y la ira internacional, mientras Estados Unidos se limpia las manos con guantes de seda, dando apoyo logístico y vociferando en foros internacionales para justificar lo injustificable.

Pero no se confundan: el informe no es ingenuo. Reconoce que la fiesta podría salirse de control, que Irán podría responder con furia desmedida, que todo podría escalar a un caos regional digno de una película de acción, y entonces, oh sorpresa, Estados Unidos debería entrar en escena para “contener” el desastre que ayudó a crear.

En resumen, el plan prevé que las cosas se salgan de control y deja la puerta abierta para que Washington se lance al ruedo si la jugada inicial de Israel no resulta tan limpia como se esperaba.

¿Les suena algo parecido a lo ocurrido el último sábado en Irán?

El capítulo cinco de ese documento, irónicamente titulado “Leave it to Bibi”, es un manual de pragmatismo brutal: delegar la iniciativa a un socio cercano, que tiene tanto la capacidad como el interés en meter la pata primero, mientras Estados Unidos cuida su imagen y sus carnés diplomáticos.

La historia del conflicto con Irán -que no propiamente dicho es con Israel sino con EE.UU.- tiene un inicio digno de una novela de espías: la caída del Sha Mohammad Reza Pahlavi en 1979, un monarca impuesto por la CIA y el MI6 después de tumbar a un primer ministro que solo quiso hacer lo justo con su petróleo: nacionalizarlo.

Esa intervención sembró la semilla del rencor, y décadas después, el pueblo iraní dijo “basta”.

El regreso triunfal del Ayatolá Jomeini desde su exilio parisino fue la puntilla para una relación con Washington marcada por el enfrentamiento, la desconfianza y el antagonismo.

Desde entonces, hemos visto un menú casi constante de sanciones, bloqueos, sabotajes, asesinatos selectivos y amenazas de guerra que ya deberían ser parte del guion oficial de la región, y en los cuales Israel fue su ariete principal.

Pero más allá de los dramas ideológicos y religiosos, Irán es un punto clave en el tablero geopolítico: controla rutas energéticas vitales, tiene influencia en varios países vecinos y, lo más importante, representa un obstáculo estructural para los deseos de dominación estadounidense.

Para empeorar las cosas para Washington, Irán no está solo. Forma parte de un eje que une a Teherán con Moscú y Pekín -una alianza que encabeza el mundo multipolar ya en plena vigencia-, y que atraviesa por su primera prueba de fuego.

En suma, la pelea no es solo contra Irán, sino contra un nuevo orden mundial que ya dejó de inclinar la cabeza al antiguo centro de poder, el mismo que históricamente ha abusado de la posición que ostentó.

Y mientras todo esto sucede, Estados Unidos desempolva viejos planes que nunca tuvieron la decencia de quedarse archivados.

 

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