Sonora se transforma, esto ya agarró vuelo

OTRAS INQUISICIONES: El caso Padilla: cuando la poesía fue delatora

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Por Pablo Cabañas Díaz

En la historia de las revoluciones, suele olvidarse que las palabras, a veces, son más temidas que las balas. En 1971, en la isla que prometía justicia y alfabetización, se escenificó un proceso digno de los tribunales del Santo Oficio, aunque esta vez con la firma de un poeta. Heberto Padilla, el autor de Fuera del juego, fue sometido a un ritual de expiación estalinista, no por conspirar con la CIA, sino por escribir versos incómodos. Cuba, bajo la sombra intelectual de Fidel Castro, dictaminó que la poesía también debía ser revolucionaria o, de lo contrario, no sería.

Al estilo de los antiguos autos de fe, Padilla fue forzado a arrepentirse públicamente, señalando a sus colegas y negando sus propias palabras. El episodio no sólo puso en entredicho la libertad de expresión en la isla, sino que también marcó un parteaguas para los intelectuales que, desde París o Ciudad de México, habían visto en la Revolución Cubana un faro moral. Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Susan Sontag y Mario Vargas Llosa expresaron su repudio. Un velo de desencanto se extendió sobre la utopía caribeña.

Pero fue Guillermo Cabrera Infante —el más filoso de los exiliados cubanos— quien comprendió antes que nadie que el castrismo no sólo devoraba a sus enemigos, sino también a sus hijos. Cabrera Infante, convertido en el hereje de la literatura revolucionaria, exiliado en Londres, denunció con la precisión del estilista y el fervor del desertor. Su obra, tan llena de juegos lingüísticos como de desengaños políticos, fue y sigue siendo un acto de resistencia.

¿Qué delata el Caso Padilla? No sólo la intolerancia del poder, sino también el viejo sueño ilustrado traicionado: aquel que proclamaba que la pluma podía acompañar al fusil, pero no someterse a él. Cuba nos mostró que hasta la poesía puede ser considerada contrarrevolucionaria si se atreve a pensar por cuenta propia.

Hoy, medio siglo después, cuando algunos aún idealizan revoluciones sin haberse manchado las manos con su historia, conviene recordar que la censura no siempre llega vestida de uniforme. A veces se oculta en la retórica de la justicia social. Y entonces, como advirtió Borges —ese otro hereje—, el crimen no es escribir, sino pensar en voz alta.

El caso Padilla fue más que un escándalo literario: fue una advertencia. Porque en toda revolución, tarde o temprano, llega el momento en que se exige a los poetas que firmen su propia retractación

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