¿Ya la perdimos?

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Federico Berrueto

Con su característica agudeza en la observación de los asuntos públicos, este martes Ciro Gómez Leyva destacó que por primera vez la presidenta Sheinbaum asume una postura francamente partidista al referir los buenos resultados de Morena en las elecciones de Durango y Veracruz. Gómez Leyva lo refiere con sentido de reproche porque desde el mismo día de la elección presidencial, Claudia Sheinbaum afirmó que mantendría una postura ajena a la condición de presidenta militante, incluso anunció que se solicitaba licencia a Morena a manera de simbolizar una presidencia para todos.

Algo debió suceder en el camino que ha llevado a la presidenta a asumir una postura claramente partidista. No es nuevo. Antes, saludó a la nueva dirigencia del mayor partido opositor al señalar que eran delincuentes asociados al llamado cártel inmobiliario en la Ciudad de México, asunto no aclarado y sí ordeñado a satisfacción de quien tiene la información y la autoridad. La impunidad al servicio de la rentabilidad política y electoral.

Algo semejante se recupera de un texto, también del martes, de Sergio Sarmiento, en el que con un sentimiento de recriminación indica que de López Obrador se entendería su querencia hacia el regreso del régimen del presidencialismo autoritario, pero no de una persona formada en la lucha política universitaria. En todo caso, sería oportuno preguntar a sus contemporáneos o correligionarios de grupo, como Guadalupe Acosta o Fernando Belaunzarán.

Claudia Sheinbaum simboliza muchos atributos que contrastan con López Obrador, valorados por muchos de manera generosa, que los lleva a la expectativa de un cambio más allá de la poderosa inercia de su promotor. Esto es, su género, la formación política juvenil en la lucha universitaria, las diferencias generacionales, la preparación académica “científica” en la UNAM y prestigiada institución educativa de EU, el carácter disciplinado y ordenado, sus progresistas antecedentes familiares, el cuidadoso manejo de familia en el recato y la discreción, entre otros aspectos. La realidad es el fastidio que provoca Andrés Manuel López Obrador hacia ciertos sectores críticos, lo que provoca una generosa y excesiva expectativa de la hoy presidenta.

Tal deseo no tiene asideros en la realidad; es aquello que en inglés llaman wishful thinking o creencia dominada por el deseo. Se puede ser distinto y suscribir el mismo proyecto. Andrés Manuel y Claudia Sheinbaum son diferentes, pero hay perspectivas políticas que propician la convergencia, aunque sus orígenes no sean comunes. La visión autoritaria del poder posee distintas raíces, pueden ser ideológicas propias de la ortodoxia de izquierda, al parecer el caso de la presidenta Sheinbaum o de formación política, como el de López Obrador. A Tabasco y la Ciudad de México los une el puente de las ideas fijas sobre el poder, el pasado inmediato y de la historia con un referente común: su visión sobre el llamado neoliberalismo.

La presidencia militante es tronco común; como tal no es válido el sentimiento de pérdida, de cambio o de retroceso en su visión original. En todo caso, el escribano del mensaje de triunfo en la elección se fue por la libre y, la candidata, en el entusiasmo concedió; no se escuchaba mal eso de ser la presidenta de todos los mexicanos, pero contradecía al proyecto obradorista y a su misión en el gobierno. Presidenta al servicio de una causa, de un proyecto, es el punto de convergencia con López Obrador y es lo que se ha impuesto en el tiempo.

En el ejercicio del poder hay diferencias que no se deben soslayar. Por ejemplo, la presidenta Sheinbaum no comparte la querencia militarista de su antecesor, tampoco la idea de un gobierno complaciente respecto al avance del crimen organizado. Pero ahí no radica la tensión mayor. El país y el mundo de Sheinbaum es muy diferente al de López Obrador. Gobernar ahora demanda más cuidado, mantener entre los suyos un equilibrio complejo y administrar con especial orden los estrechos recursos que la realidad impone.

Sin duda, cada vez estará más presente el proceso sucesorio y López Obrador está resuelto para que su hijo Andrés retome la presidencia en 2030. La presidenta entiende el difícil e incierto tránsito y como tal le preocupa el daño que provocan al proyecto la ostensible corrupción y el oportunismo. Aunque ella conceda este objetivo central de su antecesor, el problema está en gestionar tres graves riesgos: la cargada, la presión del exterior y los errores e insuficiencias de Andrés López Beltrán.

Redacción/dsc
Redacción/dsc
Periodista en crecimiento; siempre buscando algo que contar.

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