Tiempos de cinismo

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Federico Berrueto
El descontento social ha abierto la puerta grande al cinismo político. Ocurre en México y en el mundo. Candidatos exitosos a partir del abuso y de promesas simples, con frecuencia falsas, a problemas complejos en extremo. En estos tiempos el cinismo es tolerado y es recurso útil para ganar adherentes. La popularidad casi nunca ha sido propia de los buenos gobernantes, común en los dictadores. La población en su mayoría se engancha con proyectos que dan cauce al estado de ánimo gris que la domina. Esta es la historia de López Obrador y de Trump, dos casos paradigmáticos, en polos opuestos del espectro ideológico. Mentir, exagerar, denostar e insultar es la divisa por demás exitosa; por López Obrador votó mayoritariamente la clase media y Trump tuvo una presencia inédita para un candidato republicano entre la población hispana, los jóvenes y los de color.
El cinismo gana porque el desencanto al orden de cosas es abrumador; en parte, merecido. Mucho de lo bueno del pasado no puede diferenciarse de lo pernicioso, facilitando el ataque al conjunto; lamentablemente, a instituciones, valores y principios fundacionales de la democracia. La expectativa de bienestar inmediato subyace en la conducta del elector, las libertades y la democracia carecen de mayor sentido. La creciente presencia del internet y las redes en el entretenimiento, la comunicación y la información; la pandemia en la remodelación de hábitos sociales y productivos; la corrupción en sus diversas expresiones; el horror de las adicciones y el hedonismo y la violencia son la marca de nuestros tiempos que van modelando a la sociedad y sus referentes políticos.
Es subestimar en extremo que los votantes o los adherentes de los personajes arropados en el cinismo no adviertan que al preferido le acompañan la mentira, el exceso y la exclusión. El problema es más grave porque no son objeto de engaño, sino de indiferencia. La identidad o empatía se explica por lo que ocurre al interior de las personas. La sociedad está enferma y ha propiciado que el cinismo se imponga. La enfermedad es esencialmente moral, y también está presente en las élites, acomodaticias e indiferentes como nunca.
Una de las medidas del cinismo está en la debilidad de la libertad de expresión, restricción que se impone a la capacidad de una sociedad para debatir libremente y someter al poder en cualquiera de sus formas al escrutinio y rendición de cuentas. Grandes proyectos editoriales son condicionados por sus propietarios a una cobertura sesgada a partir de sus convicciones o intereses. Constituye una tragedia de nuestros tiempos porque la sociedad pierde a uno de sus grandes activos para resistir a las pulsiones autoritarias del poder político o económico, ahora ambos en convergencia en EU.
No debe subestimarse la pedagogía del cinismo, especialmente, cuando prevalece a partir del voto mayoritario. Se asume que, al menos en estos tiempos, es la manera exitosa para ganar el poder. Con ello la verticalidad y el sometimiento de todos a uno suele ser el resultado. El mal ejemplo cuando se impone y normaliza se vuelve modelo, la ausencia de sanción social se transforma en licencia al abuso y el exceso. No causa extrañeza que una alcaldesa de MC rinda tributo y agradecimiento públicos a uno de los criminales más sanguinarios y buscados.
Lo peor no corre a cuenta del cinismo, sino de la traición, de aquellos que, investidos de una responsabilidad privilegiada, en el momento decisivo incumplen su misión por cobardía y por ambición, propio de los débiles de espíritu. El ministro Pérez Dayán y el senador Miguel Ángel Yunes guardan un lugar destacado en la crónica de lo más abyecto de los juegos de poder de estos tiempos. No son los únicos, pero sí casos paradigmáticos de impudorosa sumisión, sin el menor sentido de la dignidad personal o colectiva.
Difícil porvenir. Más tarde vendrán tiempos donde las personas, los procesos y los resultados se valoren en una mejor prospectiva; que el cínico sea señalado como es, con sus implicaciones y las circunstancias que le empoderaron. Como con la Alemania nazi vendrá la pregunta de cómo fue posible que una sociedad destinada a la grandeza participara con singular devoción popular en un proyecto de negación de los valores básicos de la civilidad y decencia política, expresión para muchos en desuso, si no ridícula en la realidad de estos tiempos.

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