El experimento de la occidentalización en Rusia

Fecha:

Rajak B Kadjieff / Moscú, Rusia

*Un ingeniero cultiva su pedazo de tierra para sobrevivir.
*A eso llevó el fracaso de Borís Yeltsin a fin de siglo.
Muchos rusos se sintieron harteramente robados.
*De la nación de campesinos a la superpotencia industrial.

“Alrededor del 80 % de lo que come mi familia en el año lo cultivo en este pedazo de tierra. El resto, como el café y el azúcar, lo cambio por trueque. No he usado ni visto efectivo en aproximadamente 18 meses”, dijo un ingeniero de minas habitante de la frontera de Polonia y Ucrania, quien había perdido el empleo cuando aún no cumplía ni treinta años.
Nada habló con más fuerza sobre el fracaso de Borís Yeltsin para transformar Rusia a fines del siglo anterior que la visión de este hombre, profesionista formado, excavando una mina para poder comer.
“El estalinismo convirtió una nación de campesinos en una superpotencia industrial en una generación, y Yeltsin hizo haciendo lo mismo, pero al revés”, dijo.
Muchos rusos sintieron que les habían robado cuando el gran experimento de occidentalización había sido una estafa que había enriquecido a una élite criminalizada y empobrecido a todos los demás.
Muchos de los reportajes que se presentaron desde Rusia en ese momento se reducían a una sola pregunta: “¿Cuáles son las consecuencias políticas del profundo desencanto que sienten ahora los rusos?”
La respuesta fue que Rusia, con el tiempo, volvería a ser la que fue: se retiraría la democracia y retornaría al régimen autoritario. Una retirada de la condición de Estado-nación y el regreso a una actitud imperialista más asertiva hacia su “exterior cercano”: los países que anteriormente habían sido parte de la Unión Soviética.
El ex secretario de Estado estadounidense, Zbigniew Brzezinski, dijo que Rusia podría ser una democracia o un imperio, pero no ambas cosas, y el emblema ruso, el águila bicéfala arrogante del zarismo, mira al este y al oeste, y es que la historia ha llevado a Rusia en direcciones opuestas: la condición de Estado nacional democrático en una dirección, el poder imperial dominante en la otra.
Hay que ir a San Petersburgo y se verá otro aspecto de este carácter dual. Es el hermoso mirador del país en el Golfo de Finlandia. Es una ciudad del siglo XVIII, orientada al oeste. Es la Ilustración europea en forma arquitectónica. Bajo los zares fue la capital imperial.
Después de la Revolución Rusa de 1917, los bolcheviques trasladaron la capital a Moscú y el poder se colocó tras los altos muros almenados del Kremlin. Es la arquitectura de la actitud defensiva, de la sospecha, incluso del miedo.
Cuando los líderes rusos miran hacia el oeste desde aquí, ven un campo abierto y llano que se extiende hacia el sur y el oeste durante cientos de millas. No hay fronteras naturales.
Cuando yo era corresponsal de la BBC en Moscú a fines de la década de 1990, había un chófer que recordaba, de niño, haber visto tropas alemanas en las afueras de Moscú en la década de 1940.
Cada vez que nos llevaba al aeropuerto de Sheremetyevo, pasábamos por un monumento diseñado para parecerse a defensas antitanques de metal, los llamados erizos checos, y decía: “Así de cerca estuvieron los alemanes”.
El ejército de Napoleón Bonaparte había ido más lejos el siglo anterior. Esa experiencia, esa sensación crónica de una frontera occidental insegura, explica cómo los líderes rusos han pensado sobre su “extranjero cercano”.
En otra conversación sobre el “extranjero cercano”, un amigo me recitó un pareado. En ruso rima muy bien, pero se traduce así: “Un pollo no es realmente un pájaro; y Polonia no está realmente en el extranjero”.
El sentido de Rusia de lo que tiene derecho en los territorios al oeste también penetra en la conciencia popular.

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