El legado de la polarización

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Federico Berrueto

Al momento que otro gobierno inicie en 2024, el 1º de diciembre, un nuevo país habrá cobrado vida. No se trata del cambio prometido por el presidente López Obrador. México no será un país más fuerte, más justo, más seguro ni menos desigual. El cambio que se avizora es el del deterioro de la civilidad política. Un país dividido, con dificultades para dialogar y hasta para convivir. La polarización, especialmente cuando se promueve desde el poder, envilece las mejores prácticas de la democracia, como son el respeto al otro, la coexistencia de la diversidad y las posibilidades para un debate que edifique, eduque y enriquezca a quien gobierna, a quien observa y a quien se opone.

El legado de la polarización se advierte con claridad desde ahora, es el del deterioro del lenguaje político. No se requiere argumentar, razonar o probar, los adjetivos y los insultos se anteponen. Traidores a la patria se ha vuelto una expresión común, preocupante cuando el que la emite gobierna, está empoderado y cuenta con los medios e instrumentos para que el abuso en las palabras se traslade al terreno de los hechos, de las decisiones y hasta de las políticas públicas. Esto ha venido ocurriendo, es parte del paisaje y motivo de orgullo para el gobernante.

El plan B de la reforma electoral preocupa por su contenido y todavía más por sus efectos y su calculada intención. No sólo se trata de demostrar que al INE sí se le toca, sino que se le destruye bajo la discutible tesis del ahorro presupuestal, la estigmatización falaz y grosera de sus autoridades y la falsa tesis de un mal desempeño en la salvaguarda de la democracia electoral. El INE y el Tribunal han tenido una actuación ejemplar, que cobra relieve con el fracaso del actual gobierno. ¿Acaso Morena puede dar lecciones de cómo realizar una elección democrática para seleccionar candidatos? ¿qué hay de extraordinario en quienes detentan la autoridad que no sea el elevado concepto que ellos tienen de sí mismos como para avalar un cambio unilateral de las reglas que rigen la competencia política?

Quienes tienen el poder, a pesar de ser de la vieja generación o, quizá por eso, no aprendieron del pasado, especialmente, que la salud de la vida pública parte del respeto al sufragio y de la coexistencia de los diferentes, de los distintos. Contrario al populismo en curso, tan mexicanos unos y otros. En democracia las elecciones construyen mayorías temporales, no son un aval o reconocimiento popular a quien piensa, actúa y asume que su proyecto llegó para quedarse y que para ello tiene que alterar las premisas que le permitieron obtener el poder y así conspirar contra la democracia.

En tiempos canallas, de pandillerismo político, de degradación de la civilidad, para quien pretende mantenerse en el poder no importan medios, reglas, valores ni instituciones que garanticen el respeto al voto y el ejercicio responsable de las libertades políticas. Para quien asume la superioridad moral de su proyecto no es relevante celebrar comicios justos ni sus consecuencias. De eso se trata, de vivir en la polarización bajo la tesis de que los suyos son el todo y que las elecciones no son para elegir, sino para aclamar y convalidad al único proyecto que representa a la nación, una forma de legitimidad facciosa, ni más ni menos porque lleva a la anulación del otro, primero, después, a su exterminio.

Debe preocupar que el inevitable desencuentro por el deterioro de la capacidad de celebrar elecciones justas sean las coordenadas del futuro del país. Sobre todo, porque la ilegitimidad consecuente habrá de presentarse en condiciones diferentes a las de ahora para el ejercicio del poder presidencial. La diversidad social apunta al regreso de la pluralidad y a la situación de gobierno dividido. López Obrador impuso un giro hacia el presidencialismo autoritario porque el voto se lo permitió, no sólo por el resultado a su favor, sino el que le ofreció mayorías legislativas sometidas a sus modos, formas y dictados.

Las condiciones del nuevo gobierno seguramente serán distintas, gane quien gane, y obligará a otros términos de relación política a partir de un nuevo mapa de poder que apunta a la necesidad del diálogo, el respeto al otro, la coexistencia de la pluralidad y del sentido de corresponsabilidad que la polarización ha negado.

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