TEXTOS EN LIBERTAD: De qué mueren los periodistas

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José Antonio Aspiros Villagómez

 

Para Norma, mi esposa y colega de profesión,

por nuestros 30 años

de caminar juntos y en armonía

 

         La Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (Fapermex) celebró su XV aniversario el pasado fin de semana en Guadalajara, con una asamblea donde los delegados plantearon sus inquietudes y escucharon las respuestas de representantes de la Secretaría de Gobernación y la Procuraduría General de la República, acerca de los secuestros y homicidios cometidos contra colegas en el país y la protección de todos en caso de peligro.

          Esas dependencias del gobierno federal cuentan respectivamente con un Mecanismo de Protección y una Fiscalía Especializada, cuyo trabajo ha sido insatisfactorio para el gremio pues los periodistas siguen siendo asesinados y las investigaciones casi no han derivado en esclarecimientos y castigos.

         De 1983 a la fecha han muerto o desaparecido 308 informadores y quienes los acompañaban, presumiblemente a manos de sicarios contratados por el crimen organizado o por funcionarios o policías, y el reclamo es porque con su sacrificio se atentó contra la libertad de expresión.

         Esa situación convirtió a México en un país altamente riesgoso para ejercer el periodismo y por ello las víctimas desde Manuel Buendía hasta nuestros días fueron objeto de atención y homenaje por parte de los asambleístas de la Fapermex y del Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo (Conalipe), que también sesionó.

         Desde luego que además hay decesos por motivos de salud. En Guadalajara se recordó con un largo aplauso a los colegas Eliseo Lugo Plata, Ignacio Zúñiga González y Miguel González Alonso, quienes partieron en fecha reciente.

En otro escenario y en fecha anterior, una integrante de la Academia Nacional de Historia y Geografía preguntó a este tecleador sobre los peligros en el ejercicio del periodismo y la respuesta fue tanto acerca del trabajo temerario de los reporteros enviados a cubrir conflictos armados, como de quienes han sido víctimas de funcionarios y bandas criminales.

Tal vez en el siglo XIX los periodistas morían en duelos o por infecciones y epidemias como el resto de la población, y en la siguiente centuria una causa pudo haber sido la cirrosis, no tanto debida a que cuando se reportea unas veces hay banquetes y otras ni tiempo para detenerse en los tacos de canasta, sino más bien porque no había periódico que se respetara, que no tuviera cerca cuando menos una cantina. En la Ciudad de México la más famosa fue La Mundial, junto a Excélsior, frente a El Universal y cerca de Novedades, que además contaba con el bar Negresco.

Alcanzamos a compartir la época de quienes con unas copas adentro escribían mejor sus textos, y también aquella en que se vestía con saco y corbata para estar en igualdad y hacerse respetables.

Pero precisa retomar el tema central de este texto, para comentar la ironía de que el llamado “mejor reportero del siglo XX”, Ryszard Kapuscinski, de la Agencia Polaca de Prensa, haya cubierto 27 revoluciones como corresponsal de guerra, pero murió en su cama a los 75 años.

Porque otro riesgo que corre la vida de estos profesionales es cuando son enviados a cubrir guerras, revoluciones, golpes de Estado, conflictos bélicos en general, en los que muchos han perdido la vida. Por ejemplo, en 2002, el israelí-estadounidense Daniel Pearl, de The Wall Street Journal, fue secuestrado, torturado y sacrificado en Pakistán por un grupo jihadista. Y según la Federación Internacional de Periodistas, entre 2003 y 2005 murieron 93 en Irak “en circunstancias violentas”.

         Imposible olvidar aquel 26 de enero de 1983, cuando comuneros de Uchuraccay, Perú, lincharon a seis reporteros al confundirlos con integrantes del grupo terrorista Sendero Luminoso. Y tampoco que la dictadura argentina de los años 70 arrestó y desapareció a 131 informadores.

Cuando menos un mexicano ha sido victimado y otro secuestrado en el extranjero. El corresponsal de Proceso Ignacio Rodríguez Terrazas fue asesinado en 1980 por un francotirador vestido de militar, desde una oficina de gobierno en El Salvador. Y en 1988, Raymundo Riva Palacio, de Excélsior, durante cinco días fue víctima de un “secuestro político” o propagandístico por parte del Ejército de Liberación Nacional de Colombia.

Periodistas ‘muertos de miedo’ hay muchos, según testimonios publicados por quienes tuvieron experiencias imborrables en los frentes bélicos de América y el Caribe donde hubo guerras regionales, guerrillas, cuartelazos y alzamientos.

         Por ejemplo, en febrero de 1990 la agencia Notimex difundió las vivencias de sus corresponsales, quienes dijeron que “frente a un bombardeo no hay nada que hacer…” (María Cortina, El Salvador); “nos invaden también el miedo, el nerviosismo, la tensión…” (Julio Olvera, Panamá); “los Batallones de la Dignidad salieron a las calles, a matar a quienes se les pusieran enfrente…” (Roberto Vivanco, Panamá).

         La misma Notimex y el diario El Nacional publicaron en 1992 el libro La guerra sin censura, con dramáticos pero valientes relatos de Rafael Croda, Rubén Álvarez, Gerardo Arreola, Miguel Ángel Velázquez y Gerardo Cárdenas, enviados por la agencia a cubrir la que el presidente iraquí Saddam Hussein llamó “la madre de todas las batallas” entre Irak y Estados Unidos.

         Y en 1994, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se hizo visible en Chiapas, Notimex mandó a Miguel Ángel Velázquez, Fernando Sánchez Márquez, Benito Terrazas, Jaime López Castañeda y Víctor Godínez para unirse a los locales Hugo Isaac Robles, Fredy Martín Pérez, Oscar Gutiérrez, Celso López y José Luis Castillejos.

Según testimonios de dos de ellos, “de lo que sí debemos estar conscientes los reporteros en todo momento es que, en una guerra, la seguridad se vuelve un mito. Las balas no hacen distinciones (…) La característica que nos diferenciaba eran unas playeras que decían PRENSA con letras grandes y de color rojo; posteriormente utilizamos chalecos y gorras fluorescentes”.

         También hubo relatos de elementos de Televisa destacados para cubrir conflictos en Medio Oriente y América latina, que fueron recogidos en el libro Yo, corresponsal de guerra. Vivencias íntimas de los reporteros en el frente (Editorial Diana, 1982). Uno de los coautores, Guillermo Pérez Verduzco dijo que trabajó en esos casos con “grandes precauciones cuidadosamente envueltas en miedo”. El cariñosamente llamado “Tobi”, cubrió muchas revoluciones, pero falleció de un infarto a los 61 años.

         Este tecleador nunca pasó por experiencias riesgosas. A lo sumo escapó de la hipotermia cuando asistió a las mencionadas asambleas, por su temeridad de bañarse diariamente a las cinco de la mañana en el céntrico y nada recomendable hotel Agua Fría Eco -nombre ficticio, pero justo- de Guadalajara. Ya otras veces ha narrado cómo escapó del avionazo en que murieron muchos de sus colegas en 1970. Por razones genéticas su destino parece ser el de su progenitor, a quien a los 99 años nada le duele.

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