LABORALES: Los debates

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José Dávalos*

En un debate lo que le debe importar al orador es atender al auditorio, dirigirse al público que está interesado en escuchar su orientación, convencer y persuadir al auditorio que va a oírlo. Quienes participan en el debate ya tienen una línea marcada, nadie los va a convencer de otra cosa. Por eso la atención del orador debe fijarse en quienes lo escuchan, directamente, o por radio o por televisión.

El orador no debe hacer caso a provocaciones. Hay debates en los que el orador no expone su mensaje, su atención la pone en tratar de contestar, en tratar de contestar cuanta impugnación le han dirigido. El adversario se pone feliz de haber distraído al orador, logró su objetivo, lo puso a explicar y justificar por qué no son ciertos los ataques que le han lanzado. ¿Y dónde quedó su mensaje?

El debate no es una pelea de lucha libre de máscara contra cabellera, puede decirse que mucha gente quisiera ver correr sangre de los ataques que se producen entre los oradores.  El orador va a orientar a la gente, va a darle elementos de juicio al público para que defina su conducta a seguir ante una cuestión determinada; su función es convencer, agradar y persuadir al auditorio.

Se van a exponer ideas ante el público, se va a convencerlo; pero hay un momento en que el orador busca los mejores caminos para persuadir al auditorio, para ganar su voluntad, para decirle por donde dirigir sus pasos.

Hay que tener presente que el discurso eficaz va de corazón a corazón. Hablar con entusiasmo da naturalidad y credibilidad a quien lo dice. El auditorio no admite lo artificial, reclama sinceridad en el orador y verdad en lo que expone.

El orador no debe quedarse en abstracciones, el público quiere que se le digan metas concretas, medios a su alcance para caminarlos. Decirle al público que escoja el camino que más le convenga, es no decirle nada; tiene que exponerle qué es lo que más le conviene, cuál es la mejor solución para el país, para su gente, para el público mismo.

Decir los problemas más complejos con claridad, con llaneza, con sencillez, es la función del orador. El orador interesado en hacerse entender acude a ejemplos, a fábulas, a anécdotas. Las ideas que se apoyan en imágenes, agradan y se incrustan en la mente, en la memoria de quienes escuchan.

En el debate cada minuto vale oro. El tiempo debe ocuparse en ganar la voluntad del público. Reiterar las ideas es el secreto de la pedagogía, con formas y figuras renovadas. El orador se expresa con sencillas palaras injertadas en la luz.

josedavalosmorales@yahoo.com.mx

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