LA COSTUMBRE DEL PODER: Meade, el arte de la demagogia

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Gregorio Ortega Molina

*Cuando se infiere que es la imagen de la señora Juana Cuevas la que puede llevarlo al triunfo electoral, se nos indica que, fuera lo que fuese lo que decidió al señor Meade a jugar el rol que le ofrecieron para ser garante de la conservación de un régimen político agónico, sólo es muestra de una ilusión que nos engañará a todos desde su destape hasta el 1° de julio, o la certeza de un autoengaño desde el momento en que permitió que lo disfrazaran de chamula

 

La demagogia en política equivale a lo barato en las transacciones comerciales y, como decía mi abuela, lo barato cuesta más.

¿De dónde vemos como prenda de honradez el que los tres precandidatos a la presidencia de México viajen en turista? ¿Sabemos, o al menos intuimos, el brete en que colocan a las compañías aéreas de las que se sirven? Su presencia pone a los demás pasajeros en idéntico riesgo al que ellos corren, sin sumar el hecho que de alguna manera viajan con ellos los elementos de seguridad garantes de la integridad física de los que aspiran a gobernarnos, y en el caso específico de Meade, con toda certeza son miembros del Estado Mayor Presidencial.

Un especialista puede evaluar el costo anímico y económico de un atentado en un vuelo comercial, a diferencia de lo que ocurre en un viaje en avión privado. La pérdida de Juan Camilo Mouriño lo indica. La tragedia de Luis Donaldo Colosio multiplicada por decenas o cientos, o quizá miles, si el avión comercial se desploma sobre zona urbana.

     La estrategia de imagen de las campañas de los precandidatos está sustentada sobre una demagogia de impacto: la honradez y la supuesta reducción del gasto, como camino seguro para combatir la corrupción, nada más falso.

A la anterior falacia habrá de añadirse la del discurso, que sujeta a José Antonio Meade más allá de lo que sujetó a Colosio y a Zedillo. Ya nadie discute sobre el efecto que el discurso del 4 de marzo pronunciado por Luis Donaldo en el Monumento a la Revolución tuvo sobre su ejecución. Su equipo y buena parte de la prensa exigieron el deslinde del salinismo. Pintó su raya, y con ella abrió las puertas a los crímenes políticos, interrumpidos en la década de los treinta y reinaugurados sesenta años después. Ahora, desde marzo del 94, no cesan. 23 años ya, como el 23 de marzo.

Nunca un candidato del PRI ha estado tan acotado: el equipo no es de él, como tampoco las palabras y las ideas elegidas para el discurso y la diatriba que muestran la “evolución” del tecnócrata en un político que busca conectarse con una sociedad a la que aspira a guiar, a garantizarle futuro.

     Cuando se infiere que es la imagen de la señora Juana Cuevas la que puede llevarlo al triunfo electoral, se nos indica que, fuera lo que fuese lo que decidió al señor Meade a jugar el rol que le ofrecieron para ser garante de la conservación de un régimen político agónico, sólo es muestra de una ilusión que nos engañará a todos desde su destape hasta el 1° de julio, o la certeza de un autoengaño desde el momento en que permitió que lo disfrazaran de chamula. Los electores mexicanos dejaron de comprar esas farsas hace muchos años. Ni los indígenas las ven con buenos ojos.

La estrategia de ocupación de México por parte de EEUU diseñada por Robert Lansing en texto dirigido a Woodrow Wilson está rebasada, la función de las universidades del Ivy League ha sido sustituida por las instituciones de educación superior mexicanas privadas. Lo demás es ilusión.

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