LA COSTUMBRE DEL PODER: ¿Es suficiente controlar el Congreso?

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Gregorio Ortega Molina

*Así como Los Pinos dejará de ser asiento de la institución presidencial, ésta dejó de concentrar el poder político que la caracterizó. El símbolo es evidente, me cambio de casa porque ésta ya no representa lo que debe representar en el imaginario popular. ¿Lo hacen la sede de la Suprema Corte de Justicia, o el Senado o el Palacio de San Lázaro?

México dejó de ser el de 1968, el de 1997, el de 2000, desde el momento en que la narcopolítica, el narcoperiodismo, la venta de activos del Estado y la alternancia favorecieron y consolidaron el corrimiento de los factores de poder. Las facultades metaconstitucionales del presidente de la República se diluyeron en muchos grupos y manos. Terminó por compartirse lo que se aconsejaba no compartir.

     Contar con más de 250 diputados y más de 70 senadores no abre las puertas a la restauración del presidencialismo, mucho menos al camino que ha de transitarse para lograr la regeneración nacional y fundar la IV República, con un andamiaje constitucional adecuado al tiempo que vivimos, a la realidad real y no imaginada, considerando que el proyecto es la globalización e integrarse como parte del bloque de América del Norte. Quizá en un siglo se modifique, posiblemente nunca se logre ese destino, pero por lo pronto no hay vuelta atrás.

     Los consensos para gobernar no están entre los legisladores ni los grupos que representan, se deben obtener entre los factores de poder que dominan la calle, los territorios donde el Estado dejó de tener presencia o de plano abdicó a manifestarse; entre los que mueven el dinero como acomodan su ropa en sus clósets; entre aquellos que pueden hacer de las universidades un polvorín capaz de incendiarse con un muerto; entre los propietarios de los medios informativos que inciden, porque son los que mueven a las localidades que atienden con cierto esmero y determinada distancia del poder político.

     Así como Los Pinos dejará de ser asiento de la institución presidencial, ésta dejó de concentrar el poder político que la caracterizó. El símbolo es evidente, me cambio de casa porque ésta ya no representa lo que debe representar en el imaginario popular. ¿Lo hacen la sede de la Suprema Corte de Justicia, o el Senado o el Palacio de San Lázaro, nombre bíblico ambivalente, porque lo mismo tiene relación con el resucitado amigo de Cristo, que con el pordiosero que el rico no consideró digno de recibir las migajas que caían de su mesa de fiesta?

     Se les queman las habas por tener, ya, la toma de posesión, están presentes en todos lados y precisan de la legalidad de sus actos.

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