ISEGORÍA: ¿Qué siente el presidente que se va?

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Sergio Gómez Montero*

Yo soy un hombre cerrado.
El mundo me tornó egoísta y malo

M. Quintana: “Canción de amor imprevisto”

 

No, nada queda por salvar. Todo se ha perdido. Caminamos por una ciudad que nos repele y nos repudia. La hemos perdido irremediablemente. No sólo a la ciudad; al país todo. Durante seis años no supimos cómo nos echamos a todos encima; al país completo, a casi todos sus habitantes que se enseñaron a escupirnos en la cara, quizá porque justo nos lo merecíamos. Despedirse con la tristeza del odio pareciera la suerte de EPN, a quien un pueblo entero lo repudia porque le tocó a él, a ese pueblo, sufrir las consecuencias de un gobierno que no supo gobernar y con el que culminaba, así, mucho años de mal gobierno capitalista que cada vez nos fue dejando, a la gran mayoría del país, más pobre y desamparada. Sólo con el insulto en la boca dirigido a los pésimos gobernantes que año con año nos tocaban y cuya única preocupación era enriquecerse más y más, y rodearse de cómplices como los Duarte y Duarte; como los Kiko de la Vega, que a costa de los jubilados ha hecho una fortuna que crece inconmensurablemente, y los ejemplos sobran.

¿Qué historia puede haber atrás de un presidente de la república al que ni el 20% de la población cree en él? ¿Qué kakistocracia se manifiesta con él si no es la peor de las peores? El nuestro, por eso, es un país triste: porque tiene múltiples ejemplos de malos gobernantes: Santa Anna, Díaz, Santos, Alemán, tantos otros, pequeños y grandes, gobernadores y presidentes de la república, pero nunca, ninguno, como Peña Nieto, quien por muchas causas ha sido calificado como el “peor presidente en la historia del país”; qué futuro le espera a un hombre así, al que se le entregó un país para gobernar y entrega una piltrafa de país según él gobernado. ¿Qué puede sentir entonces alguien a quien se le entrega un país de riquezas y nos regresa, luego de una corrupción sin límites, el país disminuido, roto, quebrado que hoy somos? Y el problema es que si nos vamos hacia atrás, de 1918 para acá la historia se ha venido repitiendo y de aquel país que nos heredaron los revolucionarios (los que con las armas en la mano se partieron la madre) virtualmente hoy no queda mucho, pues somos un país sin maíz, sin vacas, sin minas, sin petróleo, con un mar sin peces y uno que otro turista que nos visita, y 120 millones de habitantes cuya gran mayoría vive en la pobreza. Esa es la auditoría que hoy se le puede hacer a los gobiernos de la revolución, que con Enrique Peña Nieto alcanza la cúspide de la corrupción y la quiebra,

Triste adiós de un presidente revolucionario que nos ha tocado vivir y que de él en adelante nuevos gobiernos se inauguren que ya no tengan nada que ver con la corrupción y la impunidad en la cual se erigieron los gobiernos de la revolución, cuya rapiña y hurto fueron insaciables y cuya impunidad lastima (ojalá). Más de 90 años de ese gobernar carga sobre sus hombros Peña Nieto, ¿con qué cara llegará al Congreso para responder por ello?

*Profesor jubilado de la UPN

gomeboka@yahoo.com.mx

 

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