ÍNDICE POLÍTICO: “Los Agrachados”, de Rius; los agachones del PRI

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Francisco Rodríguez

 

 

La muerte de Eduardo del Río, el monero Rius, uno de los grandes maestros latinoamericanos de todos los tiempos, héroe de la cultura popular, no hizo sino recordarnos las eternas prácticas del sistema político para ungir a sus lamentables abanderados. Posiblemente, el resumen emblemático de Los agachados, sea una lápida no para él, sino para un aparato podrido desde la médula.

En efecto, Los agachados, la revista popular de mayor penetración política de los últimos años, recoge y eterniza una manera de ser y de pensar que no ha abandonado a los suspirantes, caciques y pudibundos políticos del sistema. Los personajes icónicos de Perpetuo del Rosal, Calzontzin y Doña Eme, son francamente nuestros.

Los estudiosos y observadores de todos los confines se preguntan quién, desde el poder, forjó la mentalidad obsecuente, sumisa hasta la indignación, corrupta y desmedidamente ambiciosa de los agachones priístas mexicanos. Hay quienes echan su cuarto a espadas y juran por ésta que no fue otro sino Plutarco Elías Calles.

El destape callista en favor de Pascual Ortiz Rubio, que era un gris embajador en Brasil, conocido históricamente como El Nopalito, producto del dedo presidencial, fue hecho a contrapelo de todos los indicadores, burlando todos los pruritos de los grandes líderes sociales, pasando por encima del sistema político recién salido de una Revolución triunfante.

Sin embargo, ninguno de los aguerridos combatientes del campo y de la ciudad hicieron un sólo gesto, y aceptaron con sumisión histórica a El nopalito para que, sin trayectoria ni antecedentes políticos de algún valor, abanderara ante las urnas los colores de lo que hoy es el PRI y se enfrentara, con las triquiñuelas aceptadas y recién vistas en los comicios del Estado de México, al gran movimiento universitario del ‘29 y a la corriente vasconcelista.

 

 

 

‎La triste encarnación de El nopalito Ortiz Rubio se enseñoreó del ambiente. Surgieron todas sus réplicas a nivel federal y estatal, candidatos a Presidente y a gobernadores que no eran ni parecían. Después de El nopalito tenían que venir Ávila Camacho, Ruiz Cortines, Carlos Salinas, Vicente Fox, Felipe Calderón. Enrique Peña y toda una recua de gente sin figura humana que se hicieron del poder.

Lo más curioso es que en todos los “destapes” subsiguientes a El nopalito mayor, las viejas guardias agraristas y obreras se disputaban el podium para cantar alabanzas a los elegidos. Se hicieron una con los titiriteros de turno. Junto a ellos, Ursulo Galván, Jonas Bibiano, Adalberto Tejeda, Jacinto López, Rubén Jaramillo, mirando a lontananza, cada uno con batallones blancos y rojos, según les tocara.

 

 

 

Vicente Lombardo Toledano bautizó a Miguel Alemán Valdés, protegido de Manuelito Ávila Camacho, como “el cachorro de la Revolución”, y no lo hacía con un afán irónico, sino porque comulgaba con todos los modos y maneras de ejercer el poder, a la vez que se sembraba el caos y se empollaban los huevos de la serpiente.

Fidel Velázquez ni se diga. “Destapó”, en nombre de los presidentes priístas, a lo más inmundo de su descendencia política. Nunca nadie le ganó, en cerca de seis décadas, el infame protagonismo en las vacuas ceremonias de ungimiento de favoritos. Era el más creíble de los que quedaban. Le tocó en suerte ungir a Salinas de Gortari, por si faltara algo qué decir.

‎Tomando como referencia indispensable el nopalazo de Plutarco Elías Calles en favor de Pascual Ortiz Rubio, ellos son los guías, los grandes maestros de lo que nos tocó vivir, de esa infame sinfonía de descerebrados sumisos que llevaron a sus últimas consecuencias los caprichatos del poder supremo priísta. Todo para regresar al principio, en busca de la identidad perdida.

Según esa manera obtusa de pensar, todas las practicas se llevaban a cabo porque”no había pedo en el ejido, ni mierda en la parcela”, todo se encontraba bajo control, a cambio de reducidos estipendios para sus centuriones de grupos enajenados y adocenados.

 

 

 

Pero el ejemplo cundió. Y todo se descompuso, pues se perdieron los puntos elementales de referencia. Los intolerantes acomplejados masacraron a quienes sólo pedían mínimos respetos a sus diferencias políticas con los mandarines. Los perfumados encumbrados empezaron a tratar al pueblo como menor de edad.

A través de los oligopolios de la comunicación ‎recomendaron la vía inflacionaria y el endeudamiento bestial, provocando el desplome monetario e incurriendo después, para dizque subsanar errores, en acciones prosopopéyicas, como nacionalizar la banca, para después volverla a entregar –ya saneada– a nuevos y antiguos propietarios, cercanos a Salinas de Gortari.

Sustituyeron y desplazaron a los operadores políticos y sociales del sistema, poniendo en su lugar a patancitos y simuladores de toda laya que se escudaban en títulos presuntamente adquiridos en centros extranjeros y cuyas recetas no tenían nada que ver con nuestra realidad.

Los gobernantes perdieron el equilibrio emocional, se dejaron arrastrar por sus pasiones y trataron siempre de imponer candidatos que ni parecían ni eran, reclamando triunfos no obtenidos y apechugando derrotas no sufridas, a la legalona.

 

 

 

Esos mismos dizque gobernantes arrasaron con los liderazgos regionales para poder desmantelar la producción manufacturera y agropecuaria; nunca pudieron entender que todo acto de gobierno debe fundamentarse en una ley previa y quisieron que fuera la realidad la que se ajustara a ocurrencias, caprichos y reformas precipitadas y ñoñas.

Frenaron la constitución de redes informales de poder, representativas de nuestros rostros sociales, desconocidos por los procónsules e indispensables en la negociación política y económica con los poderosos aparatos extranjeros de dominación. No. Se entregaron en sus brazos, antes que pelear por los intereses nacionales.

Desbarataron todas las estructuras de todos los poderes formales, señalándoles únicamente el camino de la transa y la corrupción a mansalva, el aesinato proditorio de los mensajeros de la información como última solución favorable a un confort y una abulia desquiciante.

‎Hicieron del Poder Judicial un anaquel de recomendados y favoritos corruptos, a su gusto y medida. Igual con el Poder Legislativo, recuas de borregos uncidos al cabús de los poderosos, sin ideas, argumentos ni actitudes rescatables y valiosas. Una caterva de mudos complacientes, instalados en los altos salarios y prestaciones de sultanato.

De las fuerzas armadas, los aparatos de supuesta inteligencia, procuración e imparticion de justicia, un páramo mendaz de improvisados, a la altura de

cualquiera de las peores dictaduras africanas o asiáticas.

 

 

 

Y con todo y eso, el PRI, desde una Asamblea Nacional dispersa, mocha y cerrada a los medios, trata de hacer todo lo posible para que el dedo presidencial se mantenga incólume, con el aplauso frenético de supuestos dinosaurios doblegados que sepa Dios qué es lo que quieren, pues nadie los puede proteger desde ese establo.

Un país de agachados. Y un partido, el PRI, de agachones. Como lo describió el mayor caricaturista de los tiempos modernos, el enorme Eduardo del Río, Rius, ese gran educador popular, mexicano ejemplar.

¿Usted qué haría?, pregunta quien quisiera parecerse a Perpetuo del Rosal, desde la caverna de Los Pinos, donde con todo lo ya acumulado, aún persigue a la dio$sa Fortuna.

 

 

EMP  DESCUIDO

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