DE ENCANTOS Y DESENCANTOS: Los hombres violentos no protegen, agreden

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Por Mónica Herranz*

En algún momento se dio cuenta por fin de que le gustaban los “chicos malos”, siempre le habían gustado. Hombres rudos, de pelo largo, arracada y tatuaje, con barba y cara de malos; así fueron los primeros. Tuvo algunos pretendientes de traje y corbata, lo cierto es que le daban pereza, parecían tan buenos, tan ositos, tan tiernos, que sentía que en nada congeniaba con ellos, los percibía como hombres débiles, niños de mamá, y ella los prefería “hombres de verdad”.

Estos hombres rudos siempre estaban rodeados de historias y experiencias intensas, y por lo mismo habían desarrollado un carácter que los demás no tenían. Eran hombres, a su juicio, con los pantalones bien puestos, hombres que luchaban cada día por reponerse de sus desgracias u hombres que tenían en sus historias intensas la justificación perfecta y necesaria para ser violentos, consumir alcohol o drogas, o ser posesivos y celosos. Ella podía notar que eran conductas inapropiadas, sin embargo, concedía que estaban justificadas e incluso hasta ventajas les veía. Para sus adentros pensaba que un hombre rudo era sinónimo de un hombre protector. ¡pobre! Cuan lejos de la realidad estaba.

Fue necesario visitar un par de veces el hospital para que finalmente decidiera acudir a una terapia; a la primera sesión llegó con unas inmensas gafas negras que casi le cubrían la mitad del rostro. Sí, imaginaron bien el motivo. Ni su expresión, ni sus ademanes, ni su discurso eran tan elocuentes como aquel ojo morado.

Poco a poco ella fue hablando de una pareja tras otra, el hombre drogadicto bueno para nada, el hombre abandonado, el hombre celoso, el hombre violento, y los que resultaron a través de la combinación de varios de estos factores, como el celoso violento, el abandonado drogadicto o el alcohólico celoso. Todos ellos atractivos a sus ojos y de apariencia ruda y varonil.

La primera vez que salió con un hombre de estas características ella tenía alrededor de quince años. Era un hombre mayor que ella por unos ocho o nueve. A los ojos de su adolescencia ella veía en él al chico que pasaba por ella a la secundaria en coche, cuando los novios de sus amigas seguían siendo recogidos por sus padres, eso le daba un aire de independencia y rebeldía que le encantaba. Era un chico alto y delgado, de melena larga y arracada en la oreja. No tenía tatuajes, pero su actitud era de franca desobediencia social, encajaba perfecto en el molde. Evidentemente inexperta en la sexualidad puesto que era virgen, inició con él las primeras aproximaciones en esos terrenos. Él la enseñaba, la acariciaba, la estimulaba y ella en plena revolución hormonal adolescente se dejaba hacer. Todo iba bien hasta que él comenzó a proponerle ciertas prácticas sexuales que a ella no la hacían sentir cómoda. Recordó el día en que la ató para acariciarla, recordó como por una parte fue humillante y por la otra muy excitante, una ambivalencia muy difícil de conciliar a esa edad. Con todo y el desconcierto accedía a esas prácticas porque no quería decepcionarlo, ni que se enojara con ella. Tras un año de relación llegó el famoso ultimátum: “si de verdad me quieres, demuéstramelo”, y ella se lo demostró. Al tiempo esa relación terminó.

Continuó hablando sobre los otros hombres, el que no la dejaba salir, el que no la dejaba tener amigos, el que le dijo “¡¿y con ese escote vas a salir?!. Hasta que llegó al actual. El que la puso en riesgo tras manejar enojado a muy alta velocidad, el que se quedó con lo poco de autoestima que le quedaba, el que remató la escasa valía que aún ella tenía, el que hizo, no que le doliera el ojo tras el puñetazo que le dio, sino que le doliera el alma, que la quemara el dolor, la impotencia, la frustración.

Poco a poco fue dándose cuenta que si bien la mayoría de estos hombres cubrían el perfil de rudeza que a ella tanto le gustaba, también cubrían el de la ironía. Bajo su criterio, al ser chicos malos, hombres rudos, se suponía que la cuidarían, que la protegerían y lo que realmente terminó sucediendo y de lo que terminó dándose cuenta es de que fueron hombres que la expusieron, que la agredieron y que la violentaron. Pero, ¿qué había en ella que terminaba siempre relacionándose con este tipo de hombres?. Es más, ¿por qué hay mujeres que se relacionan constantemente con este tipo de hombres? Puede haber un sin fin de explicaciones, cada historia es un mundo. Ella a través de su relato y de escucharse a sí misma, pudo entender sus motivos. Al relacionarse con el hombre abandonado y tratar de rescatarlo, de ayudarlo, en realidad trataba de rescatarse a sí misma del abandono de sus padres, al tratar de rescatar al suicida, evitaba confrontar su propio desencanto por la vida, al rescatar al adicto trataba de rescatar a su padre cirrótico muerto. Entendió que aprendió a confundir el amor con posesión, el afecto con violencia y el cuidado con peligro. Entendió que era más fácil engañarse tratando de ayudar al otro que reconocer que era ella quien necesitaba ayuda.

En algún momento en su historia, recuerda que hizo el esfuerzo de romper con ese patrón, y cambió a los hombres rudos por los de traje y corbata para darse cuenta que el más rudo de los rudos puede ser un osito y que el osito puede convertirse en el mismísimo lobo feroz. Así comprendió que la apariencia no es más que eso y que engaña.

Por todo lo anteriormente mencionado, ¡ojo!, si tu pareja:

1.- Te pone apodos o te llama de maneras que te desagradan, particularmente en público.

2.- Intenta chantajearte o te chantajea sentimentalmente, o te miente y engaña con frecuencia.

3.- Controla tus actividades, con quien sales, revisa tu celular y/o te hace prohibiciones de cualquier tipo.

4.- Te cela injustificada y continuamente, insinúa que lo engañas, te compara constantemente con sus ex parejas.

5.- Destruye tus posesiones como cartas, regalos, celulares.

6.- Te acaricia, manosea o tiene relaciones sexuales contigo sin tu consentimiento.

7.- Te golpea argumentando que es un juego, que es por tu bien o que te lo mereces.

8.- Te amenaza con golpearte, encerrarte, dejarte, o quitarte la vida o quitársela él.

9.- Te sigue o vigila.

10.- Espía, interviene o cancela tus redes sociales.

Lo dicho anteriormente, ¡OJO! Todos estos son signos importantísimos de violencia. No confundamos: los hombres violentos no protegen, agreden; los hombres en extremo celosos no aman, son posesivos e inseguros; los hombres que golpean no lo hacen por tu bien. Y esto sólo por mencionar algunos ejemplos.

El mito cinematográfico o telenovelero del chico malo que cambia y que en el fondo es un pan de Dios, es eso, un mito, junto con el de la chica buena que logra que él cambie. Lo importante entonces podemos ver, no es tanto la apariencia, sino la forma y los motivos por los que elegimos a determinada pareja. Hay hombres rudos, chamarra de cuero, pelo en pecho, barba de leñador, pearcing en la ceja que son un amor, así como hay hombres de traje y corbata, mancuernillas de plata y fuerte olor a loción, que son lobos disfrazados de cordero. En cualquier caso, el punto, porque puede haber muchos matices entre estos puntos, lo que interesa que quede claro, es que hay que tatar de no confundir el caldo con las albóndigas, la apariencia es una cosa, la conducta otra, los motivos conscientes que se juegan en la elección de pareja son otra y los inconscientes no son la excepción, sin embargo, por lo general cuando un chico se viste como malo, actúa como malo y te trata como malo, suele ser malo. Si te gustan los chicos malos, ojalá que esta nota te dé en que pensar.

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

 

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