DEL ABSURDO COTIDIANO: 2 de octubre no se olvida. Vera Caslavska, la activista anticomunista y novia de México

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Francisco Medina

El viernes 18 de octubre la Secretaría de Relaciones Exteriores informó que ha resuelto conceder la separación del Servicio Exterior Mexicano al poeta Octavio Paz, embajador de México en la India, quien solicitó quedar en disponibilidad después de los sucesos de Tlatelolco.
El viernes 25 de cotubre, el Consejo Nacional de Huelga, a través de sus representantes, declara que espera “la solución de los tres puntos previos (libertad de estudiantes detenidos, salida de tropas del Casco de Santo Tomás y no represión) para pasar al diálogo público sobre los seis puntos de su pliego petitorio, en busca de una solución definitiva al conflicto”.
El 26 de octubre son liberados 63 estudiantes, quedan 165 inculpados en Lecumberri.
En medio de la sosobra que imperaba en la Ciudad de México y principalmente entre los jóvenes por el curso que había tomado el Movimiento Estudiantil, seguía las justas deportivas de la XIX Olímpiada, una de las figuras que robó la atención fue la gimnasta Vera Caslavska, quien se ganó el cariño de los mexicanos al realizar su rutina de manos libres teniendo como fondo musical el Jarabe Tapatío y posterioremente casarse con el corredor Josef Odložil, en nuestro país en una ceremoniarealizada en la Catedral Metropolitana.
Antes de participar en los juegos olímpicos de México 1968, Vera Caslavska mantuvo un noviazgo con el corredor de 1500 m. Josef Odložil, quien en los juegos de Tokio 1964 había ganado medalla de plata. Ambos se hicieron una promesa con dos condiciones: si ella retenía su título general individual y él llegaba a las finales de los 1500 metros, se casarían en México. Ambas condiciones se cumplieron. Las autoridades mexicanas les brindaron su apoyo y les recomendaron que contrajeran nupcias en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Y así lo hicieron ante una catedral abarrotada de miles de asistentes y curiosos y al compás del mariachi. El acto fue todo un acontecimiento en México y por ello se le adjudicó a Čáslavská el mote de “La novia de México”.
Sin embargo, meses antes, en agosto de 1968, la URSS y otros cuatro países socialistas, unidos por el Pacto de Varsovia, invadieron Checoslovaquia para frenar las políticas liberales de su presidente, que desataron la Primavera de Praga.
Por si había faltado otro paralelismo extradeportivo con México, Praga vivió ese mismo año un movimiento social contra el totalitarismo de su régimen.
Caslavska no solo se llevó las medallas y el cariño del pueblo mexicano: en las dos ocasiones que obtuvo la plata, en la prueba por equipos y en la viga de equilibrio, fue superada por rivales soviéticas y en la premiación, al sonar el himno del país invasor, se volteó y agachó la cabeza.
Si Tommie Smith, John Carlos y Peter Norman son recordados por cuestionar al mayor bastión occidental, justo a la mitad de la Guerra Fría, Caslavska merece el mismo crédito por atreverse a voltearle la cara a la contraparte, a la Unión Soviética.
Ante la entrada de las tropas de la URSS en su país, Caslavska se vio forzada a terminar su preparación para los Juegos escondida en las montañas, luego de firmar el Manifiesto de las Dos Mil Palabras, un texto del escritor y periodista checo Ludvik Vaculik que buscaba defender las reformas democráticas de la Primavera de Praga.
Vera Caslavska se manifestó públicamente contra la intromisión soviética sobre su país, y por ello apoyó el movimiento democratizador llamado “Primavera de Praga” en 1968. Para evitar ser arrestada por estas acciones, se refugió en las montañas al norte de Checoslovaquia (al este de la República Checa), específicamente en el pueblo de Šumperk, lugar donde entrenó rumbo a los olímpicos de México que estaban ya muy próximos.
Mientras que Vera Caslavska sufría las penurias de “entrenarse” en un pueblito rústico sin el equipo adecuado, usando las ramas de los árboles como si fueran barras de gimnasia, sus acérrimas rivales de siempre: las soviéticas, ya se encontraban en México entrenando para adaptarse con tiempo al clima y altura de la capital mexicana. Sólo por ese momento ya le llevaban gran ventaja las gimnastas de la URSS a Vera Caslavska.
“Me colgaba de los árboles y saltaba sobre los prados frente a la cabaña” declaró Vera Caslavska. Finalmente a duras penas, Vera Caslavska consiguió el permiso oficial para viajar a México.
Ya en plena competencia olímpica, Vera Caslavska no perdía oportunidad para seguir expresando su anticomunismo soviético. Ella ganó claramente en la rutina de suelo, pero al final de forma sorpresiva y sospechosa, los jueces reconsideraron las puntuaciones y decretaron un empate en el primer lugar entre Vera Caslavska y la soviética Larissa Petrik. Pero esto no era todo. En la prueba de barra de equilibrio, otra polémica decisión arbitral le concedió la presea de oro a la soviética Natalia Kuchinskaya y a Vera Caslavska no le quedó otra más que conformarse con la de plata. Como consecuencia de lo anterior ella protestó silenciosamente contra el favoritismo de la URSS y al mismo tiempo contra su régimen comunista en ambas ceremonias de premiación: mientras se entonaba el himno soviético, ella inclinaba su cabeza con su mirada hacia abajo y con el rostro hacia otro lado en dirección opuesta a las competidoras de la URSS.
Todo lo anterior fue aplaudido por sus compatriotas no así por las autoridades checoslovacas ni por su federación. El gobierno la consideró persona no grata y se le prohibió participar en cualquier evento deportivo dentro y fuera de su propio país.
Sin embargo, de algún modo ella se las ingenió para trabajar clandestinamente, como fue en el caso del Club Sparta de Praga que la contrató para entrenar a sus gimnastas adolescentes, pero a escondidas. Por obvias razones ella no acompañaba al club, cuando éste salía de gira.
Además, el gobierno prohibió la publicación de su autobiografía ya que en algunas de sus páginas criticaba la forma cómo el régimen checoslovaco trataba a sus deportistas. Finalmente en Japón se publicó dicha obra, pero a petición del gobierno checoslovaco, fueron censuradas las partes donde se criticaba a dicho gobierno.
El gobierno quiso darle una oportunidad de dirimir las diferencias si ella se retractaba de haber firmado aquel manifiesto “Dos mil palabras”, pero ella se negó a hacerlo siguiendo firme y valientemente en sus convicciones aun a sabiendas de las posibles y funestas consecuencias.
Regresó a México para ser entrenadora una década después de sus últimas victorias olímpicas. Sin embargo, la suerte de Vera Caslavska mejoró un poco en los setentas cuando el gobierno mexicano solicitó a Checoslovaquia que le permitiera entrenar a gimnastas mexicanos. Se le concedió el permiso siempre y cuando México mantuviera sus exportaciones de petróleo a Checoslovaquia. Vera Caslavska afirmaría sonriendo: “no quiero decir que fui intercambiada por petróleo”.
Este fue su primer trabajo formal y avalado por el gobierno checoslovaco después de las restricciones sufridas. Para Vera Caslavska, México debió parecerle el paraíso o un oasis en comparación con la pesadilla sufrida en su propio país, alineado al bloque soviético. Vera Caslavska estuvo en México de 1979 a 1981 junto con su esposo Josef Odložil y pudieron haberse quedado más tiempo si no fuera porque México cesó sus exportaciones petroleras a Checoslovaquia.
A finales de los 1980s, el COI presionó exitosamente para que pudiera trabajar nuevamente dentro y fuera de su país ya sea como juez o entrenadora.

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