DE ENCANTOS Y DESENCANTOS: El ropero

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*Mónica Herranz

Trás aquel golpe de la vida no sabía bien a bien qué hacer, regresó a casa desilusionada, apesadumbrada, harta, fastidiada y cansada. Aunque sabía que había a quién acudir, no quería ver a nadie, no quería hablar con nadie, pero necesitaba sacar de la forma que fuera aquel sentimiento que la estaba quemando por dentro. Había un infierno ardiendo en su interior y no había alternativas, o ella hacía algo con ese fuego de manera inmediata o el fuego terminaría por consumirla a ella.

 

Podía sentir a flor de piel los demonios de aquel particular infierno queriendo salir de entre las llamas por cada uno de sus poros, lo sentía en su respiración, en el ritmo cardiaco y en el circular desenfrenado de la sangre. Fue a mirarse al espejo, verdaderamente estaba sonrojada, pero no con ese sonrojo tierno y cariñoso de cuando se recibe un halago o un cumplido, sino con un sonrojo feroz casi violento. Nunca se había sentido de tal manera, se asustó de sí misma.

 

Fijó su mirada en aquel ropero, si bien le gustaba la forma, nunca le había gustado el barniz. Se dirigió al cuarto de herramienta y seleccionó lo que consideró necesario: desarmador, lijadora, lijas de varios números, un trapo, goggles, cubrebocas, trapo y un martillo, quizá éste último no lo iba a necesitar, pero por si acaso.

 

Se dirigió al coche e hizo una veloz visita a la tlapalería, compró tinta, sellador, pegamento blanco y algunas lijas más por si las que tenía no eran suficientes. Regresó a casa, se puso en traje de carácter, tomó todos los materiales, unos cigarros, algo de música y comenzó a desarmar aquel ropero.

 

Desatornilló cada una de sus partes y ya estando totalmente desarmado sacó cada pieza al espacio que había designado para trabajar. Tomó una de las puertas, era madera lisa, así que no habría mucho problema, la colocó sobre la mesa de trabajo, la aseguró y comenzó a lijar.

 

Lijó y lijó y lijó. Lijar se había convertido en su leitmotiv. Comía para tener la fuerza necesaria para realizar el trabajo, dormía para recobrar fuerza y se levantaba para continuar lijando, bebía para mantenerse hidratada mientras lijaba, y fumaba, sólo por que sí, por el gusto de hacerlo,  haciendo pequeñas pausas, mientras lijaba.

 

Así transcurrieron alrededor de cinco días, entre el humo del tabaco y el aserrín, entre la furia casi desbordada del inicio y la determinación de acabar con aquella tarea que había comenzado, sin distracciones, sin pensar en nada, sin hablar con nadie, sólo lijar.

 

Los demonios se habían comenzado a tranquilizar, estaban ocupados, enfocados, estaban para ella, ahora a su servicio y al de nadie más. Al sexto día tomó un respiro debido a que había resanado algunas partes rotas de la madera con una mezcla de pegamento blanco y aserrín y la había preparado posteriormente para entintar y tenía que secar. Apenas medio día sin trabajar y ya comenzaba a sentir cómo de nuevo sus demonios se querían alebrestar.

 

¡Al fin!, la madera se había secado, podía abstraerse de nuevo, ahora en entintar. Entintó todas las piezas, las puertas, cada uno de los cajones, los laterales, la parte superior y la inferior, la base; una mano de tinta y dejar secar, otra mano de tinta y detallar. Esta labor requirió de mayor precisión, mayor cuidado, anverso y reverso, todo por igual.

 

Volvió a meter cada pieza al lugar dónde armaría el ropero y, desarmador en mano, comenzó la labor. Cada pieza tenía un lugar preciso, cada tornillo una entrada correcta, cada manija un lado específico. No tuvo manual al incio para desarmarlo, así que mucho menos para volverlo a armar. Contaba con los tornillos, el desarmador, un martillo y su intuición. Un par de horas después, el ropero lucía hermoso y renovado en su nueva ubicación.

 

Exhausta, se sentó a contemplar su “obra de arte” y fue cuando, al levantarse y dar el paso, se golpeó fuertemente el dedo chiquito del pie contra la pata de la cama y entonces lloró, lloró triste, profusa y desconsoladamente, con un llanto casi tan inquietante como los demonios que días atrás la habían habitado. Lloró no por el golpe, sino por ella, por su situación, por su furia contenida, por que no quería resignarse, lloró por el dolor que causa la aceptación y por lo que eso implica.

 

Finalmente se calmó, se dio un baño tibio y se fue a dormir, sabía que al día siguiente estaría lista para hacer la llamada que por días, semanas o quizá hasta meses, consciente o inconscientemente, había estado postergando.

 

Lijar la habia ayudado a contener sus emciones, pero no a tramitarlas, el ropero había quedado hermoso, y ahora era su turno en psicoterapia. Haría un trabajo similar al que ella hizo con aquel ropero, pero en lo simbólico y consigo misma. No quería volver a lijar durante días, para después pegarse en el dedo chiquito del pie y aprovechar para llorar por tantas y tantas cosas.

 

Cuando el psicoanalista le preguntó el motivo de consulta, ella sonrió y pensó:

 

“- desarmar

                                                            lijar

                                                            resanar

                                                            preparar

                                                            entintar…   

                                                                           -y volver a armar-

                                                                          -y volver a  amar-.”

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

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