Corrupción, el mal que impulso el boom inmobiliario en la CDMX

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Francisco Medina

CIUDAD DE MÉXICO, 6 de octubre (AlmomentoMX).- Tan sólo dos horas antes, los capitalinos habían realizado uno más de los simulacros para conmemorar un aniversario más del sismo del 19 de septiembre de 1985, cuando se registró un fuerte sismo de 7.1 grados, que impacto de manera sorpresiva a la Ciudad de México. En un principio parecería que por su magnitud de 7.1 no debería de haber causado daños severos. Sin embargo, esto no fue así.

El sismo sucedió a sólo 120 kilómetros al sur de la Ciudad de México, en Axochiapan, Morelos. Esto hace que sea mucho más intenso que si hubiese pasado en las costas del Pacifico mexicano.

Una de las principales razones por las que este sismo daño estructuralmente a cientos de edificios que colapsaron o están dañados es que existe un patrón, recorren en una diagonal desde Xochimilco hasta la Reforma, como si se localizaran alrededor de Avenida División del Norte recorriendo Coapa, Culhuacán, Tlalpan, la del Valle, Narvarte, Roma y Condesa, entre otras zonas afectadas.

Este patrón no es en lo más mínimo fortuito, señala Salvador Medina Ramírez, economista con Maestría en Urbanismo. De hecho, dice, corresponde al antiguo lago de Xochimilco.

Hay que recordar, que existían 5 lagos en la zona que hoy ocupa la metrópoli: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco (aquí se puede ver su localización). Siendo Xochimilco uno de los más grandes y abarcaba desde la actual delegación Xochimilco hasta Azcapotzalco, recorriendo justo en una diagonal el valle de México.

Entonces, señala, después de haber sido desecados en su mayor parte estos lagos, se urbanizaron con el pasar de los siglos. Esta situación bien conocida e implica que el subsuelo en muchas zonas urbanizadas de la metrópoli es blando. Es un subsuelo arcilloso que amplifica y alarga las ondas de los sismos, lo que hace que sean mucho más intensos que una zona firme y los vuele más peligrosos.

Salvador Medina Ramírez indica que el sismo nos recuerda de nueva cuenta la fragilidad de la Ciudad de México por haber sido construida sobre un lago y por la pésima administración del agua que se tiene. Paradójicamente, se sobreexplota el agua a la vez que se hunde la ciudad y hay escases del vital líquido, mientras que ante la primera lluvia severa, se inundan muchas zonas de la ciudad (como ha sucedido varias veces este año). Situación que se agravará en el futuro, aunque suene totalmente catastrófico, debido al cambio climático que generará mayor escases del agua e incrementará la intensidad de las precipitaciones en la metrópoli. Una ciudad que hoy es frágil ante sismos… y ante las lluvias, una ciudad proclive a las tragedias. Esto tiene que cambiar.

Sin embargo, más allá de la fragilidad del subsuelo o de la fuerza de la naturaleza, para el arquitecto Raúl Muciño, la principal causa de los edificios de colapsaron o están con daños estructurales es la corrupción existente en los procesos de construcción.

En su opinión, señala que a pesar de existir los reglamentos de construcción, estos no se respetan porque los inspectores no hacen bien su labor.

En  ese sentido, señaló que es muy común que los inspectores de obra sólo se presenten una vez a la obra para verificar que la documentación este en orden y hacer una leve inspección de los materiales que se están utilizando.

Indicó que se supone que deben verificar que el análisis estructural este bien realizado en cuanto a la utilización de acero, varilla y cemento, pero en cuanto al uso de tabique, piedra y otros materiales, no se certifica que estén en óptimas condiciones.

“De que en el papel salga, de que se ejecute, no se sabe”, agrega.

Otro de los problemas existentes en las obras, sobre todo en las de pequeña escala como casas o edificios en colonias populares es que ante la falta de una verdadera inspección, en muchas ocasiones los maestros de obras compran materiales de poca calidad para ahorrar se un dinero y sacar alguna ganancia, además de darse el clásico “échele más agua a la mezcla, pa’que rinda”, todo esto porque muchas veces los arquitectos no pueden estar todo el tiempo en la obra.

Indicó que no hay un aparato de peritos certificados que autoricen las construcciones y estén obligados a realizar visitas de inspección.

Por otra parte, especialistas en urbanismo señalaron que el Bando 2 que fue emitido por Andrés Manuel López Obrador dos días después de haber tomado posesión como jefe de Gobierno de la Ciudad de México, permitió el boom inmobiliario en zonas donde no se podía construir por problemas del subsuelo.

Su secretaria de SEDUVI, Laura Itzel Castillo, publicó un libro oficial explicando las bondades de un proyecto de vivienda de interés social para la ciudad y la secretaria de Medio Ambiente, Claudia Sheinbaum, fue la encargada de instrumentar el proyecto del Bando 2, debido a que César Buenrostro, el secretario de Obras estaba en contra del proyecto y se negó a impulsarlo.

Todo el sistema de aguas pasó de Obras a Medio Ambiente porque Buenrostro adujo que no habría abasto suficiente para satisfacer lo que venía: un boom inmobiliario sin planificación alguna en la ciudad.

Lo que Buenrostro, ingeniero de mucho tiempo, sabía sobre los peligros que acompañaban al Bando 2, las dos secretarias “académicas” decidieron ignorar, como sucedió durante su sexenio de gobierno.

El Bando 2 fue publicado sin que mediara consulta ciudadana alguna, porque fue pactado por López Obrador con los grandes desarrolladores urbanos que en los dieciocho años de gobierno perredista-morenista han hecho enormes fortunas, junto con un puñado de funcionarios capitalinos, a expensas de la paz y seguridad de los capitalinos.

No fue consultado con expertos urbanistas ni con conocedores de la historia del desarrollo urbano de la ciudad. La cobertura ideológica del Bando 2 fue que era un plan para estimular la construcción de vivienda de interés social en la ciudad. Era, aparentemente, el cumplimiento de la oferta electoral de “primero los pobres”. Pero nunca cumplió ese propósito. Más bien sirvió como encubrimiento del hecho de que los desarrolladores podían, con la nueva normatividad, implementar un plan de verticalización salvaje y sin planificación, ignorando las restricciones que los planes delegaciones imponían en materia de construcción.

Desde el día de su emisión y hasta la fecha, del total de nuevas viviendas construidas en la ciudad, sólo el 5% son de interés social. El otro 95% son de interés medio y alto, aprovechando las condiciones estipuladas en el Bando 2 de construir alto y, preferentemente, sin vigilancia del gobierno sobre la compatibilidad entre su oferta comercial y la realidad de lo construido.

El Bando 2 originalmente era aplicable a cuatro delegaciones centrales: Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc, Venustiano Carranza y Benito Juárez. Éste último fue donde más se desató la fiebre inmobiliaria, concretando una alianza implícita entre perredistas-morenistas y panistas.

Era la zona más apetecible por los desarrolladores ambiciosos, mientras los terrenos baldíos de las Granadas en Miguel Hidalgo y el Centro Histórico de la Cuauhtémoc se convirtieron, literalmente, en territorio privado de Carso. Pero el Bando sufrió descrédito con la ciudadanía cuando ésta se percató de las consecuencias del nuevo “modelo urbano” que se aplicaba en la ciudad: edificios construidos bajo premisas falsas, sin vigilancia en el cumplimiento de las normas constructivas de la ciudad y con precio de mercado caro.

Resulta que Buenrostro tenía toda la razón y López Obrador, Sheinbaum y Castillo estaban equivocados: era un modelo urbano insostenible y peligroso, como lo estamos atestiguando todos los capitalinos después de los terremotos. Pero era su modelo, y lo defienden hasta el día de hoy.

Cuando Marcelo Ebrard fue electo jefe de Gobierno tomó una decisión trascendental: decidió ampliar el Bando 2 a toda la ciudad. Con ese acto, borró del mapa legal de la ciudad toda posibilidad de planificación inteligente a futuro. Todo dependía de los intereses económicos de desarrolladores y sus posibilidades de construir sin contratiempos ni controles oficiales, ignorando planes delegacionales.

La corrupción en el sector inmobiliario capitalino se extendió como una epidemia por toda la ciudad. El Plan General de Desarrollo Urbano se sujetó a intereses inmobiliarios y funcionarios cómplices, no a una visión de construir, a largo plazo, una ciudad para todos. Es un proyecto de ciudad para unos cuantos. Los pobres emigran en gran escala a zonas lejanas de la ciudad, ante la imposibilidad de adquirir vivienda de bajo costo y buena calidad.

La protesta ciudadanía creciente obligó a Ebrard a cambiar el nombre del desacreditado Bando 2 a Norma 26. Pero la ciudadanía no se dejó engañar y siguió protestando contra “el modelo urbano”. Al cierre de su desastrosa gestión, Ebrard no tuvo otro remedio más que congelar-más no cancelar-la Norma 26 y sus efectos legales.

Miguel Ángel Mancera tampoco pudo revivir ese cadáver y quiso dividir la Norma 26 en dos: las Normas 30 y 31. Una vez más, la ciudadanía frenó esa intentona y se consolidó la desconfianza ciudadana como signo característico de este periodo de gobierno. Hoy es imposible aprobar un Programa General de Desarrollo Urbano con credibilidad o aplicar las Normas sin provocar una revuelta ciudadanía.

El terremoto del 19 de septiembre destapó la corrupción de los partidos y sus funcionarios. El festín se acabó. O se plantea un modelo de desarrollo incluyente y planificado de largo plazo o nadie podrá gobernar la ciudad. De ese tamaño es el impacto de largo plazo del Bando 2 sobre la Ciudad de México. Se termina un ciclo histórico, sin duda.

AM.MX/fm

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