CONCATENACIONES: Horario y soberanía

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Fernando Irala

Hace veintiún años que, luego de firmarse el Tratado de Libre Comercio, el gobierno mexicano impuso el llamado horario de verano, consistente como todos sabemos, en que apenas iniciada la primavera los relojes se adelantan una hora y permanecen así hasta ya cercano el invierno, cuando vuelven a marcar el tiempo real y la vida retorna a su normalidad.

Se rumoró entonces que la medida obedecía a un acuerdo no escrito, o simplemente no difundido, en el marco del TLC, para hacer las finanzas, los servicios y otras variables de la economía más funcionales para el comercio y el trato cotidiano con nuestros vecinos del norte.

Se negó siempre, pero la evidencia surgió años después. Por un lado Sonora, cuyos límite corresponde a la frontera con Arizona, no mueve nunca su horario, porque así permanecen también en la entidad norteamericana. Por otro, el horario de verano mexicano coincidía al principio con el calendario estadounidense, pero cuando hace unos años éste se amplió de principio a fin, también se alteró el de todos los municipios de la frontera norte, excepto, claro, los sonorenses, para que siempre tuvieran la misma hora que en Estados Unidos. Desde hace unos días, por cierto, desde Tijuana a Matamoros, en la franja fronteriza ya viven en el horario de verano de este año.

Ahora que el presidente norteamericano ha tomado a México de su “puerquito”, y quiere expulsar a los migrantes mexicanos, construir un muro fronterizo y renegociar el TLC, es el momento propicio de revisar ese ir y venir de las manecillas del reloj para seguir sujetos a los estilos gabachos.

Quienquiera que haya vivido o visitado cualquier tierra nórdica, ha experimentado la gran desigualdad en los lapsos de luz solar a lo largo de los ciclos estacionales en esas latitudes, y la importancia de aprovechar al máximo los días veraniegos.

En México y en cualquier región tropical esa variación es insignificante, tanto que no se justifica la alteración artificial de los ciclos horarios.

Es tiempo de liberarse de esa monserga que, como muchas otras, nos ha impuesto la vecindad con los Estados Unidos y el deseo malsano de adaptarnos a sus estilos y necesidades.

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