Así viví el 2 de octubre en Tlatelolco

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Francisco Medina / Especial Al Momento Noticias

 

Miércoles 2 de octubre

 

Las once treinta de la mañana, en esos momentos los oaxacos seguramente estaban en la asamblea del CNH, Toño nos había comentado que en ella se hablaría de los resultados de la reunión de los comisionados y los representantes presidenciales, y, sobre todo, de la manifestación que culminaría esta tarde en Santo Tomás. Había coincidencias en los diversos informes sobre el inusual despliegue de fuerzas militares en los alrededores del Casco de Santo Tomás, por lo que se decidió cancelar la manifestación pues realizarla sería como lanzar una abierta provocación. Cuando concluya el mitin de Tlatelolco en donde se va a leer la respuesta al informe presidencial, se avisaría a la gente que no se haría y así terminarían las actividades del día.

 

En el trabajo se oían muchos rumores acerca de la manifestación, según ellos se iban a poner feas las cosas.

 

Las dos de la tarde.

 

Cuando regrese del trabajo, mi madre aún no regresa del centro donde fue con mi tía Conchita. Ese día las clases se habían suspendido por el mitin y la manifestación. Baje al departamento de don Juan a comprar unos refrescos y cuando estaba pagando llegó Gaby. Le dije que me esperara un momento mientras dejaba los refrescos en la casa y bajaba enseguida. Que nos veríamos en unos minutos en el asta bandera.

 

Cuando baje estaba sentada con los brazos cruzados sobre su pecho y con la mirada clavada en el piso.

 

Platicamos solo un par de minutos pues su mamá le llamo para que fuera a comer, quedamos de vernos más tarde para ir a la plaza.

 

Al llegar a la entrada del edificio donde vivo volteé y la vi entrar al suyo. En esos momentos sentí algo extraño en el pecho, por un momento sentí que no la volvería a ver nunca más.

 

Pensando en esas cosas llegue a mi cuarto y me deje caer de espaldas sobre la cama. En el buró estaba uno de mis inseparables libros, lo tome y retome la lectura del Fausto, donde la había dejado.

 

No sentí pasar el tempo, no tenía ni hambre. A las cinco quince de la tarde subí a la azotea para ver desde allí la plaza de las Tres Culturas. El mitin estaba por empezar. El cielo estaba despejado. La ropa de casi diez mil personas vestía de todos los colores la plaza. Ropas de hombres, mujeres y adolescentes. Ropas de niños que ajenos a lo que allí sucedía, juegan a corretearse unos a otros. Se veía llegar contingentes numerosos, como el de los ferrocarrileros con sus gorras azules y sus silbatos de locomotora, los maestros, los padres de familia, los campesinos y los electricistas. Se oyen porras, goyas y huelums, son desenrrolladas algunas mantas que apuntan hacia el cielo.

 

Se empieza a oír la voz de los oradores. La multitud ruge en cada mensaje leído, en cada carta, cada telegrama, en cada saludo y, sobre todo, cuando son anunciadas las organizaciones que se adhieren al movimiento.

 

Son las seis de la tarde. Todo parece ir bien y decido bajar a la plaza. En la entrada del edificio están mis primos Miguel Ángel y Ramón. Al verme me preguntan a dónde voy y le digo que al mitin. Miguel Ángel me jala de la chamarra y me obliga de una patada en el trasero a subirme al departamento. Al llegar me asomo por la ventana de la recamar de mi madre. A pesar de que da a la parte posterior de la plaza y no se puede ver nada, si alcanzo a escuchar lo que dicen los oradores. Uno propone boicotear los programas de televisión que conducen Zabludowsky y Pedro Ferriz. Otra voz dice que se informa que la manifestación a Santo Tomás ha sido suspendida.

 

Una ligera llovizna oscurece la tarde. Veo pasar a algunas personas corriendo para taparse.

 

Son las seis diez, en el cielo en peligrosa maniobra dos helicópteros pasan sobre los edificios y se dirigen hacia la plaza. El ruido de los helicópteros dificulta poder escuchar las voces de los oradores. Se oyen rechiflas y abucheos. Luego gritos de angustia, de terror. Una voz pide calma: ¡Es una provocación, es una provocación!¡No se vayan, calma! Pero el pánico es ya una enfermedad colectiva. Veo grupos de personas correr por todos lados. Se escuchan disparos de balas. Salgo del cuarto y en la entrada del departamento me encuentro a mi madre, está asustada. ¡Hay vienen los soldados!¡Son muchos!¡Métanse!

 

Algunos estudiantes tratan de entrar al departamento, pero siguen su carrera hacia la azotea. Uno de ellos logra meterse antes de que mi madre cierre la puerta. Los disparos se escuchan más cerca, más fuertes. Corro a la recamara de mi madre y tomo a mi hermana Marcela en brazos y nos metemos todos a mi recamara.

 

Vemos las ráfagas de los disparos pasar por el cubo de las escaleras. Escuchamos como se impactan en las paredes, como rebotan en la estructura de las escaleras, como se rompen los vidrios de las ventanas. Todos asustados nos metemos bajo las camas. Aun así, podemos ver los destellos de las ráfagas de fuego de las balas. Se oye el tropel de pesadas botas rumbo a la azotea. Martha, Olga y Héctor lloran asustados. Mi madre reza pidiendo a Dios que esto termine pronto. Yo estoy paralizado, aterrado con mi hermana en brazos, siento unas ganas tremendas de llorar, pero no puedo. De gritar ¡pinches sardos asesinos! De mentarles la madre, pero las palabras se me atoran en la garganta.

 

El reloj del buró marca las siete de la tarde, ya ha oscurecido. La balacera sigue. Las tanquetas se adueñan de la explanada, hacen blanco en las instalaciones de gas del Chihuahua, se incendian tres pisos. Fuego. Humo. El aguacero es cada vez más intenso, como lo es también la lluvia de balas. Se oyen el ulular fantasmagórico de las sirenas de las ambulancias.

 

Ha pasado una hora más, en el cuarto nadie se mueve, mis hermanos han dejado de llorar, mi madre no deja de rezar. No se encienden las luces y toda la Unidad queda sumida en una aterradora penumbra. Esporádicamente se oyen algunos gritos y disparos. En ese silencio, alcanzamos a escuchar a lo lejos algunas voces que cantan el Himno Nacional. Son las voces de los estudiantes que han sido detenidos y están parados frente a uno de los muros de la iglesia.

 

Han trascurrido cuatro horas y 50 minutos y seguimos paralizados en el cuarto, debajo de las camas. Repentinamente vuelve el fuego de artillería. Se inicia una nueva balacera, tal vez más intensa que la anterior. Vuelve a llover intensamente. Mis hermanos vuelven a llorar y mi madre a rezar, yo sigo mudo con mi pequeña hermana en brazos.

 

Han pasado cinco horas y 35 minutos. Deja de llover. Se empiezan a escuchar voces de gente que pasa a cada uno de los departamentos pidiendo medicamentos, vendas, algodón, alcohol, mantas, todo lo que pueda servir para ayudar a los heridos, pues el ejército no deja entrar a los paramédicos de las ambulancias y hay muchas personas heridas en la primaria y en el kínder. Dicen que se han montado bayas de personas alrededor de esos lugares para evitar que los soldados y los granaderos entren por ellos. Cuando tocan en nuestro departamento, mi madre y yo abrimos la puerta.

 

Uno de los voluntarios es Manuel el novio de la tía Yola de Jorge, tras él, esta Edward con un cinturón de militar en donde trae un botiquín. Ambos portan una manta blanca sobre el pecho con una gran cruz roja pintada sobre el frente y espalda. Hay también otras personas, hombres y mujeres. Les damos lo poco que tenemos y le pido a mi madre me deje ayudarles, pero se niega. Edward agradece mi intención, pero dice que mejor me quede, que no es grato ver a los heridos. Mi madre aprovecha para preparar una olla de té de hojas de naranjo y unas tortas de frijoles, la cuales nos saben amargas.

 

Es difícil pode dormir, sobre todo apretados bajo las camas. Bomberos lavan la plaza y en otros lugares es cubierta la sangre con aserrín. El olor de la sangre mojaba el aire.

 

Jueves 3 de octubre

 

Nos levantamos temprano. Mi madre ayuda al joven a salir de la unidad, le da la cédula cuarta de mi tío Jaime y lo acompaña hasta Nonoalco, en el trayecto son interrogados por algunos militares y agentes, mi madre les dice que es su hermano y que va a trabajar, se identifica con la cédula. Le pide que por favor vaya a la calle de Galena 9 a la casa de mi papá Jorge, donde seguramente también estará mi tío Jaime y que les diga que estamos bien, que saldremos para la casa de mi tía Jovita en Santa Cruz Meyehualco, que allí estaremos, que se vaya para allá.

 

Cuando regresa mi madre subimos al departamento de mi tía Concha. Mi tía Martha está completamente destrozada de los nervios, no puede dejar de llorar. Se la paso casi todo el tiempo viendo desde la ventanilla de uno de los cuartos que dan a la plaza y vio como masacraban a los estudiantes, a mujeres, a hombres, a niños. Como los muertos eran echados como costales de papas en los camiones y tanquetas.

 

Mi tía Yola había hablado por teléfono para decir que en su departamento tenía a ¡veinte! estudiantes. Que habían roto toda la propaganda, carteles y mantas, que habían echado al cubo de la ventana del baño. Que los botes se habían abierto y que su contenido lo dividieron entre todos. Que los había podido sacar de dos en dos al ir por agua hasta la esquina de San Juan de Letrán y Manuel González, ya que se había cortado el suministro de agua a los departamentos.

 

Mi madre sacó dos maletas y en una de ellas metió ropa limpia y en otra, la ropa que estaba en la lavadora remojándose. Salimos como a las nueve de la mañana. A nuestro paso veíamos vidrios de ventas rotos, rejas tiradas, los cristales de los comercios rotos, saqueados; muros descarapelados, sangre seca en la tierra de los jardines, en las bancas. Flores aplastadas, zapatos, cuadernos, aretes, botones de hippie, anteojos quebrados. Soldados, sordos, altaneros, gritones. Nos detuvieron en la salida del estacionamiento de Nonoalco, al lado de la torre de Relaciones Exteriores.

 

Una mujer vestida con uniforme militar cateo a mi madre en busca de algo, lo mismo hizo con mis hermanas. Luego un soldado me tomó del brazo y me aventó contra uno de los autos estacionados, me pidió que pusiera las manos sobre el toldo y me registro. Después vaciaron el contenido de las maletas y los regaron por el suelo, con las bayonetas registraban las prendas regadas. Al no encontrar lo que supuestamente buscaban, me dijo que recogiera “mi tiradero”. “Hijo de su pinche madre”, pensé, si el que lo hizo fue él, no yo. Apresurándome logre guardar la ropa en las maletas y a medio cerrar las tome y salimos de Tlatelolco.

(Fragmento de la novela “La respuesta está en el viento” de Francisco Medina. Que saldrá en breve bajo el sello del Grupo Rodrigo Porrua)

AMN.MX/fm

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